Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
¿A quién no le fascinan las historias?, ya sea a través de un libro, una película, un podcast o una conversación. ¿Por qué?, porque la vida misma es una historia. Cada persona, cada lugar, puede convertirse en protagonista o escenario de un relato. Narrar, es una forma de entendernos, de recordar que la vida también se cuenta. Y una de esas grandes historias, dice: En lo más profundo de la tradición oral de los pueblos nativos de América del Norte, existe una leyenda que, por la profundidad de su mensaje, ha trascendido generaciones y fronteras. Es la historia conocida como: «Los dos lobos», relatada por los ancianos Cherokee. Lejos de ser una simple narrativa, encierra una extraordinaria reflexión sobre la naturaleza humana: el poder de las decisiones y la manera en que alimentamos nuestros pensamientos y emociones. Según la historia, un niño Cherokee se acercó a su abuelo, quien permanecía sentado junto al fuego, el niño estaba enfadado porque pensaba que había sufrido una injusticia. Su abuelo, le pidió sentarse a un costado suyo, porque le iba a contar una antigua leyenda relatada por sus ancestros. Dijo, en este momento, hay dos lobos dentro de ti, los cuales están en lucha constante, y siempre lo estarán, el uno contra el otro; uno, es amable y justo, lleno de esperanza, empatía y resiliencia, vive en armonía con los que le rodean, cuando algo le molesta no deja que afecte su espíritu, y sólo lucha cuando es lo único correcto; mientras que el otro lobo, siempre está enfadado, lleno de codicia, ego, orgullo, y cualquier cosa que le disguste, le hace empezar una pelea, su ira es tan grande que lo vuelve impulsivo, y por tanto, su influencia afecta de manera negativa a quien dominado por ese lobo, actúa o toma una decisión. Cuando más alimentas a estos lobos, es justo cuando se vuelven más fuertes, entonces, el pequeño preguntó: - ¿Cuál de los lobos gana la pelea? - El abuelo, respondió: el que tú decidas alimentar. En esa dualidad de lucha infinita, ninguno de los lobos debe perecer, solo evitar el exceso o el defecto. La idea, como decía Aristóteles, es encontrar el punto medio entre los extremos. Ninguna batalla es igual, algunas son parte de la cotidianidad; otras más, serán feroces; y en esa disyuntiva, el vencedor será el lobo mejor alimentado, al que le demos más atención y con el que en ese momento nos identifiquemos. Los lobos no se vencen con fuerza, sino con conciencia; gana, no el más fuerte, sino al que se decide escuchar, y eso para muchos, es el carácter. Todos los días elegimos a qué lobo alimentar, lo hacemos con nuestros pensamientos y decisiones, en la forma en que tratamos a los demás, e incluso a nosotros mismos. No somos lo que sentimos sino lo que elegimos hacer con lo que sentimos; es decir, elegir cada vez que el alma duda entre la «oscuridad» y la «luz». No se trata de ser perfectos, se trata de ser consientes, de echar un vistazo al interior, dos, tres o más veces, según las circunstancias. Algunos, suponen la existencia de dos lobos, uno de color blanco, como símbolo de «bondad»; otro, de color negro, como emblema de «maldad», sin embargo, las decisiones se caracterizan por ser daltónicas y van más allá de la metáfora del color. No obstante, si la idea es distinguirlos, entonces, para efectos prácticos de la idiosincrasia mexicana, tendríamos al «lobo bonachón» y al «lobo gandalla». Aunque, el mal generalmente hace ruido, a veces susurra con indiferencia y egoísmo. Y el bien, regularmente silencioso, se manifiesta en empatía y en la firmeza de nuestros valores. Alimentar al «lobo bueno» o «bonachón», no sólo cambia nuestra vida, también el mundo a nuestro alrededor. Cada quien goza del libre albedrío: el poder de elegir qué voz escuchar, qué pensamientos alimentar y qué camino seguir. Al final, no se trata de evitar la oscuridad, sino de saber encender la luz, comprender que las decisiones son las bisagras del destino, como decía Edwin Markham. En esencia, «somos lo que hacemos, no lo que decimos que haremos, por eso la excelencia no es un acto, sino un hábito, entonces, si somos lo que hacemos, cada acto es una oportunidad de construirnos. Eso somos, no lo que decimos ser, ni lo que otros dicen de nosotros». ¡Que su día a día, esté rodeado de buenos lobos!

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