Por: Raymundo Sánchez Orozco*
Durante mucho tiempo, nuestra forma de vivir ha estado basada en un modelo económico lineal: extraer, producir, consumir y desechar. Esta lógica ha impulsado el crecimiento económico en el mundo, pero también ha dejado un rastro evidente de deterioro ambiental, desigualdad social y pérdida de recursos naturales. En un país como México, que se enfrenta simultáneamente a retos ambientales, sociales y económicos, repensar esta lógica se vuelve una urgencia ineludible.
La economía circular surge como una alternativa integral. Lejos de ser una simple tendencia ambiental, representa un cambio estructural y sistémico que busca redefinir el concepto de desarrollo y prosperidad. El objetivo no es solo reciclar más, sino reconfigurar la manera en que diseñamos, producimos, distribuimos y consumimos bienes y servicios. La clave está en cerrar los ciclos: evitar que los recursos se conviertan en residuos y maximizar su valor a lo largo del tiempo.
Más que reciclaje: un modelo regenerativo
A menudo se confunde economía circular con reciclaje, pero este último es solo una de sus herramientas. La circularidad es un enfoque más ambicioso: considera el ciclo de vida completo de los productos y materiales, y promueve estrategias como el ecodiseño, la remanufactura, la reutilización, el alquiler, el compostaje y el upcycling. El ideal es que los residuos de un proceso se conviertan en los insumos de otro, tal como ocurre en la naturaleza.
Por ejemplo, en lugar de producir botellas de plástico de un solo uso, la economía circular plantea diseñar envases reutilizables o biodegradables, considerar materiales alternativos y crear sistemas de retorno que faciliten su reincorporación al sistema productivo. En este sentido, la circularidad no es solo técnica, también es cultural y social. Implica una nueva mentalidad, en la que el valor no está únicamente en el objeto en sí, sino en su función, durabilidad y capacidad de transformación.

México: entre la riqueza de recursos y la urgencia de transformarse
México tiene una gran oportunidad —y responsabilidad— de avanzar hacia este modelo. Somos un país diverso, con un sector agrícola robusto, una creciente capacidad tecnológica y una juventud cada vez más consciente del impacto ambiental. Pero también enfrentamos desafíos complejos: mal manejo de residuos, dependencia de materias primas vírgenes, altos niveles de informalidad en la economía y rezago en infraestructura ambiental.
Cada día en México se generan más de 120 mil toneladas de residuos sólidos, de los cuales solo una fracción mínima se recicla o reutiliza. El resto termina en tiraderos a cielo abierto, rellenos sanitarios saturados o, peor aún, en ríos, mares y áreas naturales protegidas. Esto no solo contamina, sino que representa una pérdida económica enorme, ya que materiales valiosos como metales, plásticos, papel o residuos orgánicos podrían reincorporarse a procesos productivos.
Pero hay señales de cambio. Varias empresas emergentes están apostando por la transformación de residuos en nuevos productos. Tal es el caso de empresas que promueven el reciclaje ciudadano o que transforma residuos en bioplásticos. Asimismo, ciudades como Guadalajara y Monterrey están explorando políticas públicas para la reducción de residuos y la promoción del ecodiseño en sus industrias locales.
¿Puede la economía circular ser socialmente justa?
Uno de los aspectos más prometedores de la economía circular en México es su potencial para generar empleos verdes e inclusivos. Por ejemplo, integrar a recolectores informales en cadenas de valor más formales y eficientes permitiría no solo mejorar sus condiciones laborales, sino también potenciar su rol como agentes clave en la transición circular.
Además, muchas estrategias circulares son perfectamente adaptables a economías locales, comunidades rurales e incluso contextos indígenas. Reutilizar, reparar, intercambiar, compartir o aprovechar lo disponible no es una idea nueva para muchas comunidades mexicanas, que históricamente han practicado formas de economía solidaria y regenerativa sin llamarlas de ese modo. Esto abre la posibilidad de construir un modelo de economía circular con identidad local, en el que la sustentabilidad no sea impuesta desde arriba, sino co-creada desde las bases, con participación ciudadana, respeto por los saberes tradicionales y fomento de la innovación.
Reflexión final: un cambio de mentalidad colectiva
Adoptar la economía circular no es simplemente cambiar de materiales o tecnologías. Es una invitación profunda a repensar nuestra relación con los objetos, con el entorno y entre nosotros mismos. Nos obliga a abandonar la lógica del “usar y tirar” y a adoptar una visión de largo plazo, intergeneracional y colaborativa.
Como ciudadanos, tenemos mucho más poder del que creemos. Cada decisión de compra, cada producto que reparamos, cada residuo que separamos correctamente envía un mensaje sobre el tipo de economía que queremos construir. Como sociedad, necesitamos unir esfuerzos: desde políticas públicas que incentiven la circularidad, hasta sistemas educativos que fomenten el pensamiento sistémico, la creatividad y la empatía ambiental.
México está en un momento clave. Contamos con el talento, los recursos y la necesidad para liderar esta transformación. La economía circular no es una utopía. Es una ruta viable, tangible y urgente hacia un futuro más justo, resiliente y armonioso con los límites del planeta. La pregunta ya no es si debemos cambiar, sino cuánto estamos dispuestos a transformar para garantizar una vida digna hoy, y para las generaciones que vienen.

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