Por Lorena Navarrete Castañeda*
Es doloroso ver cómo poco a poco se apaga la vida de nuestro querido pueblo. Calles vacías, negocios cerrados, espacios públicos abandonados, instalaciones clausuradas y visitantes desatendidos. Y lo más grave: una ciudadanía que ha sido ignorada.
Quienes hoy tienen la responsabilidad de gobernar han demostrado una alarmante falta de visión, compromiso y sensibilidad. En lugar de construir, han cancelado. En lugar de impulsar, han frenado. Y en lugar de escuchar a la comunidad, han obedecido intereses que nada tienen que ver con el bienestar de El Oro.
Nací y crecí aquí, en este pueblo que se ganó el título de Pueblo Mágico por méritos propios: por su belleza, su riqueza minera, su arquitectura única y su cultura viva. No solo es un lugar encantador, también es el sustento de muchas familias que han apostado por el turismo, el deporte, el comercio local y la preservación de nuestras tradiciones.
Por eso duele tanto ver cómo se desperdicia el trabajo y el amor que durante años tantas personas han puesto para posicionar a El Oro como un destino digno, vibrante y lleno de historia.
No hablo desde la política, ni desde ningún interés partidista. Hablo desde el amor por mi tierra. Se trata de dignidad, de respeto, de responsabilidad con nuestra gente. Exijo, como originaria de este lugar, que las decisiones se tomen con seriedad y con verdadero apego a los principios del desarrollo social, cultural y económico de nuestro municipio.
Y hago un llamado urgente a todas las personas que comparten esta preocupación: no callemos. Alcemos la voz. Hagamos comunidad. Nuestro pueblo merece ser defendido.





