Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Los hospitales están llenos de historias, y la que voy a relatar, es una de ellas. Eran las doce de la noche en un Hospital del «IMSS», Sofía Gómez Ortiz, una enfermera del área de urgencias, realizaba sus actividades cotidianas: pacientes accidentados, adultos mayores con enfermedades crónicas descompensadas, niños con fiebre, etc., las noches eran largas y la mayoría de las veces agotadoras. Después de siete años, nada parecía sorprenderla, o al menos eso pensaba, pero una noche todo cambió. El área de urgencias estaba tranquila, y eso, era algo inusual. Sofía revisaba los expedientes de los pacientes ingresados en el turno, afuera una ligera llovizna golpeaba las ventanas, y el reloj en la pared, parecía marcar el tiempo de manera más lenta de lo habitual.
Eran las dos de la mañana, la puerta automática de la entrada se abrió, Sofía levantó la vista y vio entrar a un hombre de rostro pálido, con un abrigo negro, algo mojado por la lluvia, quien caminó lentamente hasta la recepción.
- Buenas noches, en qué puedo ayudarlo, preguntó Sofía.
- El hombre dijo: vengo por mi niña, Sofía no recordaba el ingreso de algún menor, sin embargo, revisó la lista de ingresos en el sistema… y nada. Disculpe señor, no tenemos registrada a ninguna niña, ¿podría darme su nombre?, la mirada del señor reflejaba cansancio, se concretó en decir: ella está aquí, la trajeron esta tarde, entonces, decidió verificar ese «ingreso» con sus compañeras.
- Deme un momento, por favor.
Enseguida, fue con las demás enfermeras: ¿alguna de ustedes atendió a una niña?, un señor está preguntando por ella, pero sus compañeras confirmaron que no habían atendido a ninguna menor. De regreso a la recepción, el hombre ya no estaba, Sofía revisó las cámaras de seguridad, pero no grabaron a nadie, sólo las puertas abriéndose y cerrándose como si el viento las hubiera activado.
La noche continuó, pasadas las tres de la mañana, Sofía hizo el recorrido de rutina, deteniéndose en la última habitación. Al revisarla, una niña estaba sentada en la cama, Sofía dio un paso y dijo: ¡hola!, ¿estás bien?, la pequeña levantó lentamente la cabeza, tenía cabello largo y negro, abrazaba un osito de peluche, no habló, y antes de que la enfermera reaccionara, desapareció.
Sofía corrió de regreso a la recepción, comentándoles a sus compañeras, acabo de ver a una niña en la última habitación, ¿una niña?, nadie ha entrado, comentaron. Sofía insistió, retornaron a la habitación, y no había nadie, entonces, supuso que el cansancio podría haberle jugado una mala broma, sin embargo, el frío en el aire seguía presente.
Dieron las cinco de la mañana, decidió revisar nuevamente los registros del hospital, buscó expedientes de niñas atendidas en el área de urgencias, algo que pudiera darle sentido a la experiencia de aquella noche. Finalmente, había encontrado algo, un accidente ocurrido dos días antes de su turno, era una paciente de nombre «Gisela Ramírez Rubio», trasladada en estado crítico, había sufrido traumatismo craneoencefálico, sin embargo, falleció poco después de su ingreso. Su padre, también había fallecido, pero en el lugar del accidente. El miedo parecía apoderarse de la enfermera, preguntándose si la persona que atendió, había sido el papá de esa menor.
Cerca de las seis de la mañana, mientras se preparaba para dejar el turno, escuchó un ruido a un costado de ella, y ahí estaba parada la niña, inmóvil, mirando al exterior; sintió como si su corazón se detuviera, aun así, preguntó:
- ¿Qué necesitas?, la niña no respondió, sólo levantó la mano, señalando la salida, justo donde estaba un hombre con abrigo negro, parado bajo la lluvia. La pequeña, caminó lentamente a las puertas que se abrieron como si la esperaran, y en instantes, «ambos desaparecieron». Después de esa noche, pacientes y personal médico, comenzaron a ver a una niña de cabello negro, deambulando por las instalaciones del hospital.
Llegó otro día, otro turno, Sofía estaba sola, y en un momento de absoluto silencio, escuchó la voz de una niña, diciendo: ¡ayúdame!, el sonido provenía del almacén de medicamentos, la puerta estaba abierta aunque por protocolo debía estar cerrada, al abrirla lentamente, Gisela estaba ahí, Sofía logró hilar apenas unas cuantas palabras, preguntando: ¿qué quieres de mí?, la niña estaba de espaldas, volteó y expresó: no puedo salir, ¡ayúdame!, enseguida, la puerta se cerró bruscamente, la enfermera quedó atrapada, las luces no encendían, gritó hasta que una de sus compañeras la escuchó y abrió el almacén, la niña ya no estaba, pero en uno de los estantes, se encontraba el traslado de esa menor.
Se sentía atrapada entre la lógica y lo inexplicable, pasaron un par de días, y al leer nuevamente el informe, decidió ir al lugar del accidente, algo en su interior le pedía «cerrar ese ciclo». Condujo por la carretera hasta llegar al destino, había un puente, detuvo el coche, comenzó a revisar el espacio para intentar entender la «razón» del porqué esa niña «no se podía ir». Había una cruz de madera, clavada a la orilla del camino, tenía grabado un nombre: «Gisela Ramírez Rubio».
- Sofía dijo: no sé qué necesites, pero quiero ayudarte, el viento comenzó a sentirse más fuerte, el sonido del agua debajo del puente aumentó, era como si el río reaccionara a esas palabras, de pronto, en el agua comenzó a reflejarse la figura del hombre con abrigo negro, Sofía dijo: ¡déjala ir!, ambos murieron, tú ya no perteneces a este mundo, ella tampoco, pueden irse juntos, ya no van a sufrir, te lo suplico. Comenzó a rezar, el hombre no respondió, pero su figura fue desvaneciéndose lentamente, poco a poco, la paz volvió a ese espacio, fue entonces que decidió regresar a casa.
Al día siguiente, de nuevo en el hospital, las luces ya no parpadeaban, algo en el interior de aquella enfermera, parecía decirle que finalmente la niña se había ido, sin embargo, días después… en un recorrido de rutina, escuchó un pequeño susurro……….….¡gracias!

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