Por Susana Martínez Herrera*
Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos enfrentado ante el sufrimiento y hemos anhelado con intensidad la presencia de la felicidad. El ser humano, por naturaleza, tiende a la búsqueda del bienestar, y ese bienestar es conocido como felicidad. Sin embargo, lo que pocos tienen presente es que la felicidad no se encuentra; la felicidad se construye. Y además, la felicidad no es permanente, sino momentánea.
Haz una pausa en tu lectura, cierra los ojos e imagina aquello que te daría la felicidad.
¿Qué imaginaste? Revisa si imaginaste algo de lo que se escribe a continuación y observa el significado.
La presencia de una persona o el amor de alguien hacia ti: depositas tu bienestar en otros.
Una buena posición económica: tu felicidad está en el tener y no en el ser, lo que implica existencia de fragilidad personal.
Estar sano y no padecer alguna enfermedad grave: dejas de lado la naturaleza humana y no reconoces tu fragilidad biológica y la probabilidad de una falla en tu organismo.
No tener problemas: careces de herramientas para afrontar los conflictos, carencia que te coloca en riesgo ante las circunstancias cotidianas.
Ser importante en la sociedad: tu felicidad depende del reconocimiento de los demás.
Tal parece que este texto es una trampa, porque no deja opciones para que tu anhelo de felicidad sea sano psicológicamente hablando. Y es que, desde la psicología, cuando una persona anhela y lucha por conseguir un estado permanente de felicidad, está condenada al sufrimiento.
Empecemos por aclarar que la felicidad no es algo estático ni permanente. La felicidad es momentánea o episódica. Esto quiere decir que el bienestar existe en todas aquellas circunstancias que son agradables y placenteras. Por ejemplo: ver una película, convivir con personas que queremos, alcanzar logros en la escuela o el trabajo, adquirir un bien material, gozar de una buena salud, entre otros.
Sin embargo, la vida no integra sólo momentos o circunstancias agradables, también incluye sufrimiento físico o emocional. Cuando perdemos de vista que la vida misma implica bienestar y malestar de modo conjunto, iniciamos una lucha desesperada por estar siempre bien. Y con esa necesidad ilógica e irracional, hacemos más grandes las circunstancias desagradables y minimizamos aquellas que son fuente de bienestar.
Por ejemplo, alguien está pasando por una mala racha económica y tiene una mala comunicación con su familia. Lo más usual es que la persona gaste grandes cantidades de energía preocupándose por aquellas situaciones desagradables y pierda de vista las circunstancias que sí pueden generarle bienestar. Si alarga el tiempo e intensidad es que se preocupa por sus malestares, lo más probable es que empiece a tener problemas de sueño y de alimentación; es decir, empieza a tener dificultades para poder dormir bien y para alimentarse (ya sea que pierda el apetito o que empiece a comer en exceso). Si la persona continúa con esta situación, empezará a estar irritable (que cualquier cosa le moleste) e inevitablemente irán aumentando los conflictos con quienes le rodean.
Como puedes darte cuenta, entre más luches por ser feliz, más infeliz serás. Sí, cuando entramos en un intento persistente por evitar el malestar, más vulnerables somos a padecer sufrimiento emocional.
Expliquemos paso a paso. Cuando somos niños, nuestra mente trabaja bajo un principio: el placer. Es decir, en la niñez, la felicidad está asociada a todo aquello que genera placer a través de los sentidos. Ejemplo: comer helado, jugar con lodo, dormir, jugar con otros niños, ver televisión, etcétera. Cuando a un niño se le interrumpen esos momentos, muestra una infelicidad extrema y no se hace esperar un llanto intenso. Sin embargo, los padres van acompañando al niño en su crecimiento y le van enseñando que no todo va a ser placer siempre. En esta enseñanza (que dura aproximadamente 21 años), la persona aprende a vivir con la parte agradable y con la parte desagradable de la vida misma.
Si el acompañamiento se hace de modo adecuado, el resultado es un adulto que sabe construir la felicidad y afrontar la infelicidad de modo eficiente y sano. Pero, si la labor de los padres no es adecuada, el adulto resultante es un cuerpo grande con una estructura emocional infantil.
Es decir, aunque seamos adultos podemos estar construyendo pensamientos y deseos que no son objetivos ni realistas. Por ejemplo, el adulto que: ama el día de quincena y odia todos los demás, desea que quienes le rodean atiendan sus necesidades, no tolera perder, quiere tener siempre la razón, etcétera.
Ahora bien, bajo el principio explicado en los tres párrafos anteriores, queda claro que anhelar la existencia de un estado de felicidad permanente nos coloca en un punto de gran vulnerabilidad, pues nos impide reconocer la naturaleza misma de la vida. Además, siendo adulto, el anhelo de felicidad permanente se convierte en un signo de inmadurez.
No obstante, no debe confundirse la aceptación de los contrastes positivos y negativos de la vida con una actitud pasiva o de autocastigo. La aceptación de los matices negativos de la vida se refiere a aquellas circunstancias que no son modificables o que son modificables a partir de otra u otras personas. Por ejemplo: padecer diabetes no es sujeto a modificación, pues involucra aspectos biológicos; la persona que padece diabetes no puede cambiarlo, pero sí puede aprender a vivir con ciertas condiciones que le permitirán tener una calidad de vida (evitar alimentos altos en azúcar). O bien, cuando sufrimos por “defectos” o “actitudes” de otra persona, habrá que tener claro que el único que puede modificar eso es la persona misma y no nosotros, a nosotros nos queda la oportunidad de elegir con quién interactuar y el modo de hacerlo.
En síntesis, la felicidad no se encuentra, se construye. Y se construye a partir de una percepción objetiva y lógica de la realidad junto con una actitud madura que implique asumir responsabilidades propias e intervenir ante las circunstancias de modo adecuado.

* Psicóloga Clínica
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