Por Ana Karen Flores*
La maternidad ha sido, a lo largo de la historia, una de las experiencias humanas más significativas y también más instrumentalizadas. Se la ha romantizado, disciplinado, medicalizado, y, en ocasiones, judicializado. En pleno siglo XXI, y pese a los avances en materia de derechos humanos, equidad de género y legislación laboral, ser madre sigue representando un desafío estructural que implica tensiones entre lo personal y lo político, entre el deseo y la imposición, entre el cuidado y el descuido del Estado.
Este artículo de opinión se propone reflexionar críticamente sobre la maternidad desde tres ejes: la protección legal, los desafíos contemporáneos y los imaginarios culturales que la sostienen o la fracturan. A partir de una revisión amplia de datos, marcos jurídicos y vivencias cotidianas, se intentará visibilizar que la maternidad no es una experiencia universal, ni mucho menos neutral, y que los derechos asociados a ella aún están lejos de garantizar una vida digna para las madres y sus hijas e hijos.
La maternidad no es solamente la gestación o el acto de parir, ni tampoco se reduce a una relación biológica. Es una construcción social, histórica, política y cultural. Es una identidad, pero también una práctica. Una elección para algunas; una imposición para muchas.

En distintas culturas y momentos históricos, la maternidad ha sido representada como un destino natural, como una vocación femenina, como un deber social. Las madres han sido glorificadas y culpabilizadas, alabadas y vigiladas. Como explica Adrienne Rich en su obra Nacemos de mujer, hay una diferencia radical entre la experiencia de ser madre y la institución de la maternidad. La primera puede ser fuente de poder, conexión y creatividad; la segunda, una estructura patriarcal que regula, subordina y moraliza.
Protección legal: avances y omisiones
a) Derechos laborales y licencias
Uno de los ámbitos donde más se ha discutido la protección legal de la maternidad es el trabajo. Desde el Convenio 183 de la OIT sobre la protección de la maternidad (2000), hasta leyes nacionales que garantizan licencias por maternidad, se ha intentado que el hecho de tener hijas o hijos no implique perder el empleo o quedar en una situación de vulnerabilidad económica.
Sin embargo, la implementación de estas medidas sigue siendo desigual. En muchos países, la licencia por maternidad es limitada (12 semanas en promedio en América Latina) y, en otros, directamente inexistente. Además, la mayoría de estas leyes asumen un modelo de empleo formal, lo cual deja afuera a millones de mujeres en la economía informal, el trabajo doméstico no remunerado o las condiciones precarias de contratación.

Por otra parte, estas licencias suelen estar centradas en la madre, reforzando la idea de que el cuidado es responsabilidad exclusiva de las mujeres. Los permisos de paternidad, cuando existen, son breves y simbólicos, lo cual perpetúa la desigualdad estructural en la distribución del tiempo y las tareas.
b) Protección en el sistema de salud
Otro aspecto clave es el acceso a servicios de salud sexual y reproductiva de calidad, incluyendo la atención del embarazo, parto y postparto. La mortalidad materna sigue siendo una de las principales causas de muerte de mujeres en edad fértil en muchos países del Sur Global, especialmente en contextos de pobreza, racismo estructural y falta de infraestructura sanitaria.
El acceso al parto respetado —es decir, libre de violencia obstétrica, coerciones y medicalizaciones innecesarias— aún es una deuda pendiente en muchos sistemas de salud. A pesar de leyes como la Ley de Parto Humanizado en países como Argentina, las mujeres siguen denunciando maltratos, infantilización, procedimientos no consentidos y falta de acompañamiento.

c) Crianza y acceso a políticas de cuidado
El cuidado de niñas y niños es una responsabilidad colectiva que suele ser cargada sobre las espaldas de las madres. Si bien algunos países han avanzado en políticas públicas de cuidado, como redes de jardines maternales, asignaciones familiares, subsidios o servicios de apoyo, la mayoría de estas medidas son insuficientes, discontinuas o mal distribuidas.
El problema se agrava cuando las madres están solas o viven en contextos de violencia, pobreza o discriminación. Las madres migrantes, racializadas, con discapacidad, adolescentes o privadas de libertad enfrentan barreras adicionales para acceder a derechos básicos, en una clara intersección entre maternidad y desigualdad estructural.

Desafíos actuales: entre la autonomía y la precariedad
a) La maternidad deseada: una utopía para muchas
Uno de los grandes avances del feminismo ha sido el reconocimiento del derecho a decidir sobre la maternidad: cuándo, cómo, con quién y si se desea o no ser madre. Sin embargo, la maternidad deseada aún es una utopía para muchas mujeres.
En numerosas regiones del mundo, el acceso a métodos anticonceptivos sigue siendo limitado, la educación sexual integral es resistida y la interrupción voluntaria del embarazo está penalizada o estigmatizada. Esto significa que miles de niñas y mujeres se ven obligadas a maternar como consecuencia de una violación, una relación desigual o la falta de opciones reales.
Por otro lado, incluso cuando la maternidad es elegida, no siempre se encuentra con condiciones materiales y simbólicas que la hagan posible. La pobreza, la sobrecarga, la soledad, el machismo y la violencia pueden convertir una experiencia deseada en una situación de desgaste extremo.

b) La culpa como sistema de control
Una constante en la experiencia contemporánea de la maternidad es la culpa. Las madres son permanentemente evaluadas: si dan la teta o no, si trabajan o no, si son “suficientemente presentes”, si “se cuidan”, si se priorizan o se sacrifican.
La presión de ser una madre perfecta —amorosa, paciente, eficiente, saludable, estimulante— genera altos niveles de estrés, ansiedad y autoexigencia. Las redes sociales, con su estética de la maternidad idealizada, intensifican esta sensación de no estar a la altura, mientras ocultan las redes de ayuda, el dinero disponible o las crisis emocionales que están detrás de esas imágenes.
En este contexto, no es casual que cada vez más madres hablen de burnout materno, depresión postparto o sensación de encierro. Estos no son problemas individuales, sino consecuencias de un modelo de maternidad que exige todo, pero ofrece poco.
La maternidad debe ser libre y respetuosa, pues no hay una manera de ejercerla ni en un manual o socialmente aceptada.
*RRSS: Ana Karen Flores: https://web.facebook.com/abogadaanakaren





