Por Octavio Díaz García de León*
Recientemente escuché a una destacada integrante del “Círculo Rojo” lamentar que la influencia de este grupo de intelectuales en los asuntos nacionales se ha vuelto irrelevante.
Puedo identificar tres causas principales: primero, las administraciones de Andrés Manuel López Obrador y de Claudia Sheinbaum los han confrontado abiertamente; segundo, la dinámica de formación de opinión ha cambiado radicalmente con las redes sociales; y, tercero, existe un desinterés creciente de buena parte de la población por los asuntos públicos.
El término “Círculo Rojo” apareció a principios de la década de 2000 para distinguir a una élite de “mexicanos informados” (lectores frecuentes de prensa, académicos, líderes de opinión) frente al “Círculo Verde”, conformado por quienes consumían mayormente radio y televisión y participaban poco en el debate público.
Según esta clasificación, el “Círculo Rojo” agrupa a: periodistas y comunicadores con columnas o espacios de opinión en medios nacionales; académicos y analistas con posgrado en instituciones prestigiosas quienes son autores de ensayos y estudios políticos; empresarios y líderes empresariales cuyas opiniones aparecen en foros, columnas o financian medios de comunicación; políticos y exfuncionarios con tribuna mediática (legisladores, excongresistas, exsecretarios, dirigentes de partidos políticos); líderes de la sociedad civil tales como directores de ONG, fundaciones y think tanks.
Su rasgo común es la formación académica avanzada (maestrías o doctorados) y una trayectoria en puestos de alto nivel, con vínculos estrechos al poder político y a los dueños de los medios tradicionales. Antes de la era digital, constituían prácticamente la única fuente de opinión pública: bastaba alinear periódicos, radio y televisión, a los que tenían acceso, para influir en el debate nacional
Durante décadas, sus propuestas y críticas fueron recibidas e incluso cooptadas por los gobiernos. Presidentes de distintos signos políticos les ofrecían puestos diplomáticos, accesos exclusivos a la Presidencia y apoyos financieros a sus publicaciones, fundaciones y ONG’s.
Entre los méritos históricos de los integrantes del “Círculo Rojo” cabe destacar que muchos de sus miembros impulsaron reformas clave para la consolidación democrática: un INE independiente, la creación del INAI, COFECE, IFT y otros organismos autónomos, así como leyes anticorrupción que fortalecieron la rendición de cuentas, entre muchas otras iniciativas.
Esa interlocución se rompió con la llegada de López Obrador y ha persistido con Sheinbaum. Estas administraciones han promovido su propia red de “intelectuales orgánicos”, generalmente más leales en el discurso, pero con menor reconocimiento académico y ausencia de crítica independiente, confundiéndose a veces con simples propagandistas.
La conferencista, a la que hice alusión al principio, lamentó que, en los últimos seis años y medio, todos esos avances se han estancado o revertido. Se quejó de que sus denuncias sobre la corrupción que se ha dado en los últimos seis años y medio y sus críticas a las políticas de la Cuarta Transformación no son atendidas. Por el contrario, ella y otros miembros de este “Círculo Rojo”, han sufrido campañas de desprestigio, amenazas, persecuciones y la pérdida de espacios de opinión en medios tradicionales.
La transformación digital ha erosionado aún más su papel. Con la fragmentación de audiencias en redes sociales y plataformas en línea, ya no existe un oligopolio de opinión: miles de blogueros, tuiteros, tiktokeros e influenciadores compiten por la atención pública.
Esto ha provocado dos fenómenos: mayor pluralidad de voces, que diluye el peso exclusivo del Círculo Rojo; y la proliferación de “mercenarios de la opinión”, pagados por partidos o intereses particulares para distorsionar el debate y manipular a audiencias menos racionales. Las audiencias que consumen estos contenidos sin contar con un juicio crítico para filtrar la información están expuestas a la manipulación de quienes, sin rigor intelectual, emplean técnicas propagandísticas reminiscentes de las desarrolladas por Goebbels.
El resultado es un debate público más amplio, pero de menor rigor: mientras los intelectuales del Círculo Rojo garantizaban, por su formación, discusiones más fundamentadas, hoy sus pronósticos y recomendaciones tienen cada vez menos eco y los opinadores de las redes sociales encuentran cada vez más adeptos para justificar, en muchos casos, acciones que dañan a la democracia y al país.
Por último, destaca la creciente indiferencia ciudadana. Aunque millones consumen contenidos informativos en redes, la mayoría lo hace como entretenimiento o para desahogar frustraciones, sin involucrarse activamente. Tienden a seguir a los influenciadores más persuasivos o sensacionalistas y a votar según “sugerencias” de esas voces, en lugar de formarse un juicio propio.
Estamos ante el final del oligopolio de la opinión y el paso a un espacio digital en el que cualquiera puede opinar sin necesidad de argumentos sólidos. El poder real hoy recae en quien dispone de mejores recursos y plataformas para acaparar la atención —incluyendo al propio gobierno —, y ha dejado al Círculo Rojo enfrentando una irrelevancia inédita, viéndose forzada a reinventarse. Final del formulario
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