Por Gabriel Escalante Fat*

“En vida, hermano, en vida”.

Ana María Rabatté.

            La mañana del pasado miércoles 23 de abril, me avisaron del deceso de mi amigo y paisano Alfredo “Algis” Jurado, quien padecía un cáncer terminal que lo tenía postrado desde hace más o menos un año y medio.

            Al poco rato, hablé con su hermano Carlos, también muy cercano amigo, quien me dijo que, a pesar de lo triste del hecho, el fallecimiento de Alfredo significaba también un descanso para él y para su familia. “Eso ya no era vida”, me dijo textualmente, y ambos reflexionamos en lo duro que debe ser para una persona a quien —como a Alfredo— le encantaba caminar en el campo y en el monte, y cuyo pasatiempo principal era la carpintería, arte en el que alcanzó excelente nivel, verse encerrado entre cuatro paredes, prisionero de su propio cuerpo, cuya mitad inferior permanecía totalmente inmóvil e insensible y, sobre todo, con nulas expectativas de recuperación.

            Cuando terminé la llamada con Carlos, se me ocurrió revisar mi WhatsApp, y me di cuenta que la última conversación que tuve con mi amigo fue el 9 de diciembre de 2023, cuando me enteré de su enfermedad y de la gravedad de ésta.

            Me contó que tenía un tumor alojado en la columna vertebral, y que aún seguía en estudios para ver cuál podría ser al tratamiento más adecuado. Me dijo que, siendo realistas, el pronóstico era sumamente pesimista.

            A pesar de su debilidad, platicamos un buen rato; bromeamos un poco, como solíamos hacerlo en otras ocasiones; se interesó por mí y por cómo iba mi vida, tanto en lo personal como en lo profesional y yo le pregunté por su familia.

            No soy de frases hechas y no le dije la consabida “lo que necesites” porque, ¿qué, de lo que Alfredo necesitaba en ese momento, podría yo darle realmente? Tampoco le dije “ten fe, te vas a recuperar”, porque él mismo me había explicado que su caso estaba prácticamente perdido.

            Lo que sí le dije es que le volvería a llamar, y no lo hice.

            Lo que sí le ofrecí es que lo visitaría, y nunca fui.

            Asumo mi responsabilidad por ambas omisiones y, ante lo irremediable, sólo espero haber aprendido algo que me impida caer de nuevo en el mismo error.

            Dos horas más tarde, aún sin haber digerido completamente la ausencia permanente de mi amigo, me di cuenta que en mi teléfono tenía una llamada perdida de Jorge Gutiérrez Cruz, un abogado chiapaneco a quien conocí hace 25 años, aquí en Guadalajara, y con quien hice muy buena amistad.

            Devolví la llamada y nadie me contestó. Insistí dos veces más con idéntico resultado. Entonces, como había hecho más temprano en el caso de Alfredo, volví al WhatsApp y encontré que la última vez que vi a Don Jorge, había sido el 14 de diciembre de 2023. ¡Cinco días después de haber llamado a Alfredo!  Mi mensaje decía: “llego a su casa a las 2PM”.

            Y recordé.

            Recordé que encontré a Don Jorge, entonces de 89 años de edad, sumamente débil. Casi ciego, se apoyaba para caminar en una andadera y tardó mucho en el trayecto entre su recámara y la sala, donde me recibió. Le costaba articular las palabras y su mente divagaba por terrenos que sólo él conocía. Aun así, pudimos platicar un rato.  Me despedí al cabo de media hora para no seguir importunándolo, y le ofrecí volver pronto.

            No lo hice.

            No le volví a llamar.

            Después de 15 minutos desde mi último intento de llamarle, lapso en el cual mi miente imaginó lo peor, mi teléfono volvió a sonar y el nombre de Jorge Gutiérrez apareció en la pantalla.  Me apresuré a responder, sabiendo que sería su esposa quien estaría al otro lado de la línea.

            —Gabriel, buenas tardes.

            —Hola, Rosalba, ¿cómo te va?

            —Muy bien, gracias, te comunico a Jorge, que te quiere hacer una pregunta.

            ¡Solté el aire, aliviado!

            A continuación, escuché la misma voz aguardientosa de mi amigo, pero con muy buena dicción y, sobre todo, animosa. Intercambiamos las cortesías habituales y él añadió, como de costumbre desde hace unos años: “aquí, en el cierre de la novena, ya sabes que yo ya ni siquiera compro aguacates verdes”, en referencia a que, a su avanzada edad —ya muy cerca de los 91— ha dejado de hacer planes a futuro.

            El propósito de la llamada, según me explicó a continuación, era saber si yo conocía el restaurante yucateco “Los Boxitos”, porque se le había antojado comida yucateca para celebrar el día de su santo.  Le conté de las dos o tres veces que yo había ido a ese lugar, intercambiamos unas cuantas frases y nos despedimos cordialmente. Le desee que disfrutara su comida de onomástico.

            El resto de la tarde me lo pasé meditando en cuál habría sido mi reacción de haber sucedido —como elucubré durante unos minutos— el fallecimiento de mi amigo.  Así que dos días después, le llamé de nuevo para preguntarle cómo le había ido en “Los Boxitos” y, además, si lo podría visitar la tarde del sábado.

            Para mi gran alegría, me encontré a Don Jorge al término de la comida, caminando sin andadera, totalmente lúcido (lo que no lo exime de que suela preguntar o platicar lo mismo tres o cuatro veces consecutivas) y, tan animado, que esa misma mañana había vuelto a salir de su casa, para desayunar en un nuevo restaurante que instalaron en el Parque de Los Colomos.

            He reflexionado acerca de la suerte que he tenido, al poderme despedir, en vida, de casi todos los seres queridos que se me han adelantado en los últimos 25 años. Me he propuesto seguir haciéndolo, en la medida de mis posibilidades, y mientras no sea yo de quien mis amigos se vengan a despedir.

            En vida, hermano, en vida.

Guadalajara, Jalisco, mayo 01, 2025.

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