Por Ana Karen Flores*

Cada 30 de abril, México celebra el Día del Niño y la Niña, una fecha que tradicionalmente ha estado llena de festejos, dulces y actividades recreativas. Sin embargo, esta jornada también brinda una oportunidad crucial para reflexionar sobre las condiciones en las que crecen millones de niñas y niños en el país, y para renovar el compromiso social con su bienestar, desarrollo integral y el respeto a sus derechos. Desde una perspectiva de derechos humanos, con enfoque de género y conciencia medioambiental, este artículo busca hacer un llamado a la acción colectiva en favor de las infancias mexicanas.
La infancia es una etapa crucial del desarrollo humano y debe estar protegida por leyes, instituciones y prácticas sociales. La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por la ONU en 1989 y ratificada por México en 1990, reconoce a niñas, niños y adolescentes como sujetos plenos de derechos. Estos incluyen el derecho a la vida, a la salud, a la educación, a la identidad, a la participación y a vivir libres de violencia.
En la práctica, muchos de estos derechos se ven vulnerados. Según datos del INEGI y organizaciones civiles, en México hay millones de niños que viven en condiciones de pobreza, que no asisten a la escuela, que enfrentan violencia intrafamiliar o institucional, o que trabajan desde edades tempranas. Revertir esta situación requiere no solo voluntad política, sino también un compromiso social amplio que coloque a las infancias en el centro de las prioridades nacionales.
Hablar de niñas y niños no es hablar de un grupo homogéneo. Existen desigualdades de género que comienzan desde la infancia y que condicionan las oportunidades de vida. Las niñas, por ejemplo, enfrentan mayores riesgos de violencia sexual, matrimonios forzados y deserciones escolares por tareas de cuidado. Los niños, por su parte, suelen estar más expuestos a la violencia física y a la presión de modelos de masculinidad tóxica.
Además, niñas, niños y adolescentes LGBT+ a menudo viven situaciones de discriminación, acoso y falta de reconocimiento de su identidad. Es fundamental promover una educación inclusiva y no sexista desde edades tempranas, que fomente el respeto, la equidad y la diversidad.
La crisis climática afecta directamente a la niñez. Sequías, huracanes, contaminación del aire y del agua, así como la pérdida de biodiversidad, tienen impactos graves sobre la salud, la alimentación y la seguridad de millones de niños y niñas. De hecho, UNICEF ha advertido que los menores de edad son el grupo poblacional más vulnerable ante el cambio climático.
Frente a esta realidad, es indispensable fomentar desde la infancia una conciencia ecológica que promueva estilos de vida sostenibles. Las escuelas, los medios de comunicación, las familias y las instituciones deben trabajar conjuntamente para educar en el respeto a la naturaleza, la reducción del consumo y la acción climática.
Uno de los derechos más importantes —y menos promovidos— es el derecho a la participación. Niñas y niños tienen el derecho a expresar su opinión sobre los asuntos que les afectan y a que sus voces sean tomadas en cuenta. Este principio no solo fortalece la democracia, sino que también contribuye a formar una ciudadanía activa, empática y comprometida.
Los consejos infantiles, parlamentos juveniles, proyectos escolares y plataformas digitales pueden ser espacios valiosos para escuchar a las infancias. También es crucial que se respeten sus opiniones en el ámbito familiar, educativo y comunitario.
El Estado mexicano ha avanzado en el reconocimiento jurídico de los derechos de la niñez, pero los retos de implementación siguen siendo enormes. Es necesario fortalecer los sistemas de protección integral, asegurar presupuestos suficientes y mejorar la coordinación entre niveles de gobierno y sectores sociales.
Las políticas públicas deben tener una perspectiva de derechos humanos, de género y de sustentabilidad ambiental. Esto implica diseñar programas que atiendan las desigualdades estructurales, erradiquen la violencia y promuevan entornos seguros y saludables para el desarrollo infantil.
Hay infancias particularmente vulnerables que requieren atención prioritaria: niños y niñas indígenas, con discapacidad, migrantes, en situación de calle o en conflicto con la ley. Estas niñeces suelen ser invisibilizadas por las políticas generales y enfrentan múltiples formas de discriminación y exclusión.
Garantizar la inclusión plena de todas las infancias requiere medidas específicas que reconozcan su diversidad cultural, lingüística y socioeconómica. La equidad no se alcanza con el mismo trato para todos, sino con justicia que considere las distintas condiciones de partida.
La familia es el primer espacio donde niñas y niños desarrollan su personalidad y aprenden valores. Pero también puede ser un lugar donde se reproducen violencias, estereotipos y negligencias. Fortalecer a las familias para que puedan ejercer una crianza positiva, libre de violencia y con igualdad de género, es clave.
Asimismo, las comunidades deben organizarse como entornos protectores que fomenten redes de cuidado, vigilancia social y solidaridad. La protección de la infancia es una responsabilidad colectiva que involucra a toda la sociedad.
La escuela no solo debe ser un espacio de instrucción académica, sino un lugar donde se promuevan la paz, la igualdad, el pensamiento crítico y el respeto por el medio ambiente. La educación integral con perspectiva de derechos humanos permite formar ciudadanías más justas, empáticas y responsables.
Incorporar contenidos de educación socioemocional, educación ambiental y formación en derechos humanos desde la infancia es una inversión a largo plazo en la construcción de una cultura de paz y justicia social.
La niñez no puede esperar. Invertir en ella es invertir en el presente y en el porvenir de México.
Este mes de la infancia nos permite mejorar y visualizar el futuro que queremos para niñas, niños y adolescentes, hablar del cambio climático, la salud mental y nuevas oportunidades laborales permite crear conciencia sobre las necesidades actuales, el derecho a la participación es la vía idónea para el reconocimiento de las inquietudes, dudas y propuestas que niñas, niños y adolescentes observan. Por ello, la perspectiva de infancia y adolescencia es primordial en cualquier área. Al final, la infancia es una etapa por la cual pasamos todas las personas.
CONTACTO FB: Ana Karen Flores https://web.facebook.com/abogadaanakaren

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