Por Antonio Corral Castañeda
Hay dos momentos importantes, decisivos e insalvables en la vida del hombre; el nacimiento y la muerte. El primero es alegría y el segundo es tristeza; todo lo demás gira en torno a ellos y es un caer, un levantarse y un rodar por la vida, sin tener siquiera la seguridad y la certeza de a dónde vamos ni en dónde paramos.
De igual forma, ayer, hoy y mañana son los tres días del hombre, y en el gran reloj del tiempo sólo hay una palabra: ¡Ahora! Por ello, simplemente debemos vivir el momento, el ahora; sin preocuparnos por el ayer, que ya pasó, ni menos por el mañana, que no sabemos si llegará para cada uno de nosotros.

Dicen que uno comienza a envejecer desde el momento en que empieza a dolernos la memoria. Tal vez sea cierto, porque todas las cosas irremediablemente pasan, y nosotros pasamos también por ellas. Pero la verdad es que no existe el olvido total, en virtud de que las huellas, una vez impresas en el alma, son indestructibles y perennes.
Pero habrá quien se pregunte a qué viene todo esto. Pues bien, Don Octavio Rojas García, un personaje muy conocido en Atlacomulco y la región, me pidió que le hiciera la presentación de este su memorial que ahora tiene usted en sus manos, y yo lo he hecho con gusto, aunque no sé si bien.
Para empezar, estoy cierto que para escribir sólo hay que tener algo que decir y decirlo; y justo es eso lo que ha hecho Don Octavio. Él ha abordado y escrito sobre diferentes temáticas de sus vivencias personales, y eso tiene mucho valor y trascendencia porque el hombre que escribe acerca de sí mismo y de su propia época, escribe también de toda la gente y de todos los tiempos. En el presente memorial, Don Octavio vuelve a mirar con satisfacción el pasado de su propia vida, lo que equivale a vivir dos veces, dado que se dice con frecuencia, quien recuerda vive varias veces el mismo momento, además de que recordar es la única manera de detener el tiempo, metafóricamente hablando.

Así pues, a estas austeras pero muy valiosas páginas, además de cumplir con los objetivos personales del propio autor, son portadoras de varios trozos o pedazos, si se me permite así decirlo, de la historia de nuestro querido Atlacomulco, de esa historia que sólo se logra rescatar y preservar a través de la tradición oral, como acontece en todo el contenido del presente libro.
Ha sido el gozo, el gusto y el objetivo de Don Octavio Rojas, dejar plasmados aquí, como una grata y vivificadora evocación, algunos de los pasajes de su vida, expresándolo él mismo así: “Es muy abundante la historia del ser humano cuando se obtiene la bendición de nuestro Señor y te da la oportunidad de vivir 90 años, y cuentas además con esa bendición para disfrutar de las experiencias y de los recuerdos, mismos que al hacer una remembranza se convierten en una segunda vida. Es por ello que me es altamente estimulante evocar estos pasajes de mi existencia y volverlos a vivir. Pero esta rememoración quedaría incompleta si no recordara a quienes fueron, además de mis familiares, mis maestros, mis amigos y mis compañeros que impactaron en mi existencia, pues sería hasta ingrato de mi parte el hecho de no destacar lo que significaron en mi formación, en mis vivencias y en general en todo mi historial personal”.
Finalmente, a pesar de que su intención considera como ámbito referencial primordialmente su círculo familiar y de amistades, yo me permito expresarle mi felicitación porque, por otra parte, y como ya lo expresé líneas atrás, sus remembranzas contribuyen, definitivamente, al rescate y conservación de nuestra historia e identidad municipal.
Una anécdota con Isidro Fabela sobre el Señor del Huerto
EL DIVINO GALILEO
Con motivo de mi residencia temporal en la ciudad de Cuernavaca, Mor., con regular frecuencia visitaba a Don Isidro Fabela, y en una de esas visitas se me ocurrió preguntarle acerca de su salud, habiendo obtenido la siguiente respuesta:

En general bien. Desde que cumplí 80 años de vida percibí que mi condición física disminuyó, por lo que determiné regalar mis propiedades, concretamente mi casa de Atlacomulco, a mi pueblecito, que tú bien sabes quiero entrañablemente y mi casa de Coyoacán (Barrio San Ángel) al pueblo de México. Sólo me aparté un poco para adquirir esta pequeña casita, en la que me vine a refugiar con mi Jose, y mi tiempo lo dedico a reordenar mi biblioteca, que la tenía un poco desordenada, así como a terminar unos libritos que tenía pendientes y a cuidar animalitos, unas plantitas y… a espera lo que el Divino Galileo determine sobre mi persona. Él decidirá el día y el lugar en que parta de este mundo.

Después de recibir esa respuesta tan convincente, ingenuamente le pregunté: Señor, ¿y quién es El Divino Galileo?
A lo que contesto: ¿Qué, no conoces al Divino Galileo? Pero si es tu vecino, es Nuestro Señor, es el Señor del Huerto. Ante tan clara respuesta, no me quedó más que ofrecerle una disculpa por mi ingenuidad, optando por retirarme con cierta discreción después de mostrar mi ignorancia.





