En septiembre de 2022, escribí este artículo, evocando mi primer contacto en vivo con una sinfónica. Lo comparto nuevamente hoy, en memoria de Enrique Bátiz Campbell, fallecido este día.

Por Gabriel Escalante Fat*

Debe haber sido 1973. El Teatro Juárez de El Oro estaba recién remodelado, gracias a la imaginación y voluntad del Ayuntamiento encabezado por Ángel Castillo y por la generosidad de muchos paisanos –sobre todo residentes en la Ciudad de México- que aportaron recursos inapreciables para que, 65 años después de su inauguración, el teatro pudiera lucir aquel esplendor que las crónicas le atribuían.
El recinto ya tenía 250 butacas nuevas, un pesado telón de terciopelo, pórtico, frisos y ornamentos restaurados con el amor y la maestría de Enrique Monroy Sánchez, baños dignos y una instalación eléctrica decente, quizá la última obra de “Le Jeune Vieux”, como gustaba llamarse a sí mismo al peculiar electricista Mariaud.
Faltaba ahora un espectáculo comparable a los que se presentaban en su época dorada.
Surgió entonces la idea –y la puesta en marcha de las acciones para lograrlo- de llevar a la Orquesta Sinfónica del Estado de México, recién creada por iniciativa del gobernador del estado, Profesor Carlos Hank González y que dirigía el joven y talentoso Enrique Bátiz Campbell, un “niño prodigio” de la música quien, con 29 años de edad había recibido la responsabilidad y la confianza de fundar y dirigir esta institución que pronto se convertiría en una de las mejores sinfónicas de Latinoamérica.
Aceptada la solicitud del Ayuntamiento y el diputado local, una tarde de sábado, mis ojos preadolescentes vieron llegar dos flamantes autobuses y un camión de caja cerrada del que descendían docenas de músicos, personal operativo e instrumentos que iban ingresando poco a poco al teatro, una especie de versión de lujo del arribo de un circo a los terrenos del “Cuartel viejo”.
Poco a poco se fue llenando el pequeño escenario con boca de apenas 12 metros y que evidentemente era insuficiente para la numerosa orquesta de más de 80 ejecutantes.
Hubo que desclavar las “piernas”, piezas verticales de tela que impiden que el público tenga acceso visual a los laterales del escenario para ampliar el área útil de éste. El pódium para el director debió ser colocado en el borde mismo del proscenio, peligrosamente cerca de la primera fila.
Corrí a mi casa para transmitir a mis padres mi asombro y emoción y narrar los pormenores de la parafernalia que sucedía frente a mis ojos. Ellos ya se habían vestido para la ocasión y mi mamá hizo su mejor esfuerzo por adecentar un poco mi aspecto.
“...al igual que en los cuentos de hadas donde el amor puede romper cualquier hechizo, la magia del sonido rompe el silencio.” Lázaro Azar
Sobre las 6 de la tarde llegamos a la función. En pocos minutos, el recinto se llenó a su máxima capacidad y el concierto dio comienzo. Nunca mis oídos habían sido impactados por un sonido tan pleno, incomparable al que surgía de las bocinas del tocadiscos de casa, cuando mi padre o mi hermano ponían alguna pieza clásica.
Desde luego no recuerdo el programa interpretado; si hoy mi cultura musical es escasa, en esa época era prácticamente nula. Es más memorable el momento en que Bátiz, durante una parte lenta de la melodía, se inclinó para trazar un semicírculo con su mano y, debido a la estrechez del foro, derribó el atril de uno de los violinistas, sin que el hecho perturbara la ejecución. Inolvidable también la anécdota de cuando, interrumpido por aplausos inoportunos de un público totalmente lego en música clásica, detuvo a la orquesta y volteó molesto para reconvenirnos por la interrupción. Y agregó: “si tanto saben de música, los reto a que me digan en qué tono está escrita esta sinfonía”. De la galería, un valiente le respondió: “¿En Fa?”. Enrique Bátiz lo fulminó con la mirada y le dijo molesto: “¡No se trata de adivinar!” Dio la espalda al público y continuó con su trabajo. Desde entonces, en mi pueblo es frecuente que, durante una conversación en la que alguien aventura algún dato con evidente desconocimiento, el interlocutor le responda, burlón: “Como dijo Bátiz: no se trata de adivinar”.
Poco después pude asistir a otro concierto de la OSEM, esta vez en el Teatro Morelos de Toluca, acompañando a mis padres y, por la misma época, una casualidad nos permitió convivir unos minutos con el famoso director y su entonces esposa, la pianista polaca Eva María Zuk, en el rancho del profesor Hank, en Santiago Tianguistenco.
La OSEM volvió a El Oro el 15 de diciembre de 1984, en ocasión del tercer informe de gobierno del Profesor Agustín Nieto, entonces presidente municipal. El gobernador Alfredo del Mazo González había decidido asistir personalmente y, para engalanar el evento que cerraba una de las mejores administraciones municipales de que se tenga memoria, obsequió al pueblo con un concierto de la Sinfónica, dirigida entonces por Manuel Suárez. Fue aquel un evento mucho más organizado, lleno de políticos de todos los niveles (incluyendo éste que escribe, a la sazón regidor electo) y con acceso controlado estrictamente por invitación. Sin embargo, nada podrá igualar en mi memoria aquella primera vez que presencié un concierto clásico en mi amado Teatro Juárez.
Enrique Bátiz Campbell (Ciudad de México, 4 de mayo de 1942) es graduado de la Universidad Metodista del Sur de la Ciudad de Dallas, TX y de la Escuela Julliard, de Nueva York. Cursó además la carrera de director de orquesta en Polonia, debutando de manera profesional frente a la Orquesta Sinfónica de Xalapa, en el Palacio de Bellas Artes, en 1969.
Fundó la OSEM en 1971 y la dirigió en un primer período hasta 1983, en que fue llamado a encabezar la Filarmónica de la Ciudad de México. Al término de ese encargo, en 1990 volvió a la OSEM, de la que se retiró apenas en 2018, principalmente por cuestiones de salud.
Bátiz ha sido director huésped en más de 500 ocasiones en las más prestigiosas orquestas del mundo, destacando su puesto como director invitado en la Royal Philarmonic Orchestra, desde 1984. Llevó a la OSEM a giras por 14 países de 3 continentes, incluidas 48 ciudades de los Estados Unidos, las 32 entidades federativas de México y al menos cien municipios de nuestro estado. Se le considera uno de los mejores directores mexicanos de todos los tiempos.
AHORA...
Casi medio siglo después de aquel mi primer contacto con una orquesta sinfónica, asistí la tarde del sábado 10 a “The silence of sound”, un espectáculo multimedia creado por la directora mexicana Alondra de la Parra, con la actuación de Gabriela Muñoz (“Chula the clown”) y la Orquesta Sinfónica de Minería.
La sede fue la magnífica sala de conciertos Plácido Domingo, del Conjunto de Artes Escénicas de la Universidad de Guadalajara, un edificio que conjuga cuatro teatros para 1700, 930, 430 y 200 espectadores, respectivamente; un ágora al aire libre con 800 asientos y seis salas de cine que conforman la Cineteca FICG.
La palabra “concierto” queda muy corta para lo que presencié durante los ochenta y cinco minutos que duró esta experiencia sensorial. Alondra -asistida por Mariona Omedes, una creadora catalana de arte audiovisual, por Rebekka Dornhege Reyes, artista chilena especializada en diseño escénico y por la propia Gabriela Muñoz, una artista multifacética con especialidad en expresión corporal- crea una narrativa montada sobre una selección de piezas de autores como Debussy, Bartok, Stravinsky, Massenet, Sibelius y Brahams, entre otros, con la actuación prácticamente sin palabras (cuatro o cinco monosílabos únicamente) de la clown.
El escenario cuenta con plataformas a diversos niveles, así como una rampa inclinada y curva, que le dan una especial dinámica visual y que colocan a la orquesta en una disposición algo diferente a lo que ocurre en un concierto sinfónico convencional. Una enorme pantalla al fondo y otra traslúcida al frente (usada sólo de manera ocasional), así como otros elementos desplegables son usados para proyectar animaciones coordinadas con impresionante precisión a la música y a los movimientos de la actriz. La iluminación juega también un papel importante en el espectáculo; luces frontales, laterales y contraluces se alternan para ambientar este trozo de universo en el que transcurre la trama, que no es más que un recorrido por la vida de la protagonista, con el asombro que le provoca el ir descubriendo su entorno, con sus emociones, con sus pasiones y temores y al fin, con su encuentro con ella misma, la Alondra actual con quien este personaje se fusiona al final de su recorrido.
No exagero si digo que el show me arrancó profundos suspiros y, cerca del final, un par de lágrimas de pura emoción. No todos los días puede una obra artística penetrar hasta el centro de nuestra alma. Los diez minutos de aplausos y “bravos” que el millar y medio de asistentes le ofrecimos al elenco, estuvieron lejos de compensar lo que de ellos recibimos.
Alondra de la Parra (Nueva York, 1980) es una directora de orquesta mexicana, hija del escritor Manelick de la Parra y nieta de la escritora de melodramas Yolanda Vargas Dulché. Desde los 7 años estudió piano y violoncello; posteriormente, composición musical en el Centro de Investigación y Estudios Musicales de México. A los 19 años de edad ganó una beca para estudiar en la Manhattan School of Music, donde obtuvo la licenciatura en piano y la maestría en dirección orquestal, ambos grados con honores.
En 2004, a los 23 años de edad fundó la Orquesta de las Américas, dedicada a la difusión de jóvenes compositores y solistas del continente, que se disolvió en 2011 por falta de financiamiento.
Ha sido directora titular de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, por tres temporadas y de la Sinfónica de Queensland, en Australia, durante una temporada, siendo la primera mujer en dirigir una sinfónica en aquel país.
Ha sido directora huésped en prestigiadas orquestas de Alemania, Suiza, Francia, los Estados Unidos, España, Gran Bretaña y Austria, entre otros países. Durante la pandemia, creó el proyecto de la Orquesta Imposible, formada por solistas de muchas naciones, que realizó conciertos en streamming, cuyos beneficios fueron destinados a dos fundaciones mexicanas destinadas a paliar los efectos del Covid en México.
La Orquesta Imposible pudo al fin reunirse físicamente y tocar durante el Festival PAAX, realizado en julio pasado, en la Riviera Maya, durante el cual también fue estrenado el espectáculo “The silence of sound”.
CONTACTO FB: https://web.facebook.com/gabriel.escalante.31542

Fotografías ILUSTRATIVAS: Ayuntamiento de El Oro, Méx. 2022-2024
Secretaría de Cultura y Turismo del Gobierno del Estado de México.
Páginas de Facebook de Enrique Bátiz Campbell y Alondra de la Parra.

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