Por Víctor Hugo

Tomé los últimos libros que se encontraban sobre mi pequeña mesa, los coloqué en una mochila junto con algunas de mis pertenencias. Era una rara tarde, en la cual se respiraba un aire entre libertad y melancolía; uno de esos momentos en que sabía que una parte de mí se iría, y otra, se quedaría, pero no podía dar marcha atrás, era algo con lo que soñaba constantemente, la intuición me llamaba, aunque no lograba descifrarla, no sabía a qué horizonte me dirigía, pero estaba seguro de que ahí estaría, en alguna parte.
Aquella tarde, dejaría de existir como lo había sido por décadas, aunque otra persona más, ahí se quedaría, en los rincones arrumbado como cualquier cosa vieja que no sirve pero que uno se niega a tirar. Salí en busca de aquél que siempre quise ser, eso sí, acompañado de tú recuerdo que se volvió la biblia con la cual recorro los senderos de la vida, a la espera de no extraviarla o evitar que sea hurtada, o incluso que dejé de existir... Tomé el camino y me perdí entre los ríos de gente de las calles de la amada ciudad y simplemente salí a encontrarme conmigo mismo.
No sé cuál versión prevalecerá, pero vale la pena intentarlo...

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