Por Juan Leyva Villagómez
Supongo que todos somos sensibles ante la crítica. No importa si es ligera, cruda, ingeniosa, pedestre, básica o con notoria elegancia; siempre se convierte en cosa que molesta. Y es lógico. Estoy seguro de que a ninguno de nosotros nos gusta que exhiban nuestras miserias, tonterías, inconstancias, omisiones o corruptelas.
Lo más fácil (para aquellos que se encuentran entrenados en el arte de torear las críticas) es hacer como que no se escucha. Andar por la vida con una sonrisa inocente y creer que es sólo la envidia lo que motiva a la gente criticona.
Sin embargo, esa solución no sirve de mucho cuando las críticas son dirigidas hacia los servidores públicos.
Quién sabe por qué será (…de hecho, sí lo sé…), pero al momento de ocupar un cargo dentro de la escala gubernamental, la mayoría de esos afortunados considera que con ese simple hecho se operó una maravillosa transformación en su vida. Y así, sin saber explicarse el prodigio, creen que se han convertido en seres infalibles.
El tamaño de su ego, por supuesto, se incrementa en forma exponencial. Sus palabras ya no forman parte de una charla normal. Se convierten en prédica, en respuesta que brinda luz a nuestras anodinas vidas. Y bienaventurados los que tienen oídos para escucharlos.
Como cosa irónica, muchos funcionarios públicos, antes de serlo, aplaudían lo que en los medios de comunicación se mencionaba como crítica. Valoraban la información y hasta apoyaban los puntos de vista dados a conocer. Comentaban. Se decían dichosos por contar con un espacio donde se puede dar a conocer la realidad de lo que ocurre. Algunos, incluso, antes de ocupar alguna cartera dentro del gobierno municipal, estatal o federal hasta trabajaron en algún periódico, revista, radiodifusora o señal de televisión.
Aquí quiero dejar constancia de una anécdota curiosa.
Soy testigo porque lo he visto. Ciudadanos que en otro momento no ocupaban algún cargo público, comentaban sobre lo importante que era d´interés para la sociedad. Y apoyaban. Eso es algo que aún se agradece. Después de todo, siempre es bienvenido el aliento que se brinda para continuar con el trabajo que uno hace.
¡Ay, pero entonces llegan las mutaciones!
Quienes aplaudían, de repente, sin mediar anticipación, hoy se inconforman. Incluso, se ofenden. Todo fue ocupar un sillón en alguna oficina pública para inmediatamente cambiar la visión. Enérgicos, solicitan que se sea imparcial (volviendo el término “imparcial” un sinónimo de “palero”). Que también se vea el lado positivo de las cosas (lo que quiera que eso signifique) y los avances que en distintas materias se han logrado.
El asunto, en sí mismo, no tendría importancia si no fuera por el nivel de responsabilidad que manejan los funcionarios públicos. Nos guste o no, son ellos quienes elaboran los proyectos, establecen los lapsos de tiempo y fijan los objetivos. Por supuesto, también son quienes toman las decisiones.
Por ello, esos vaivenes en su punto de vista me resultan preocupantes. O son muestra de una personalidad no definida, o en verdad estamos ante gente que recibió la luz y el don de lenguas para iluminar a las sociedades palurdas.
¡Un verdadero milagro en pleno siglo XXI!
No sé si antes de llegar a un cargo público, las autoridades pasen por un estudio psicológico. Supongo que no, aunque, a la vista de los sucesos, eso se vuelve imperativo.
Incrédulo como es uno, se me hace difícil tener fe en beatificas mutaciones y verdades absolutas. Sospecho (tengo la certeza) que todo se reduce a la imposibilidad de aceptar críticas.
Y es que, después de todo, nadie debe ser feliz al darse cuenta de que en realidad se es un pelmazo.





