Por: Ximena Monroy*
“Si las personas no se amaran, realmente no veo qué utilidad tendría que hubiera primavera; yo por mi parte, le rogaría al buen Dios que encerrara todas las cosas bellas que nos muestra y que nos quitara y volviera a poner en su caja las flores, los pájaros y las hermosas doncellas”.
Víctor Hugo (Los Miserables)
Bellas cosas han sido siempre dichas y escritas cuando de la primavera se trata y es que resulta por demás imposible permanecer indiferente ante la sofocante transformación que se vive –poderosa y palpable –en el escenario natural y en el escenario anímico de los seres humanos.
Desde que el hombre tuvo uso de razón, no pudo menos que maravillarse ante la enorme transición que supone el liberarse de las lacerantes garras del invierno, saliendo de este lugar gélido un poco maltrechos y algo más envejecidos, hambrientos y amoratados para entrar luego a un camino repleto de delicias, plagado de flores frescas, aromas que incitan al goce de los sentidos, la profunda sensación de significado y la sutil convicción de que todas las formas de vida por muy pequeñas que sean son de una valía de veras destacable.
A aquellos primeros humanos –que hicieron de su hogar la ancianidad de la prehistoria –novatos aun en el arte del placer, la inteligencia y la creatividad, debió sobrecogerles la idea de ser experimentadores de esta nueva realidad y comenzar a ser profundamente conscientes de ella.

Y es que para ellos el invierno no era un juguete de plástico desechable y barato, no representaba la aburrición o la lluvia incesante, mucho menos las tardes de televisión y redes sociales como lo es hoy para el hombre moderno. El invierno era, por aquel entonces, una materialización del terror. Todos y cada uno de sus más hondos temores comenzaban a volverse peligrosamente reales, había animales salvajes que ahuyentar, tenebrosas y mortales nevadas que sortear y un hambre cruel e implacable a la cual sobrevivir. La muerte era, por ende, una amenaza latente que se cernía sobre los menos aptos, los incautos, los impacientes.
Entonces se abrían paso, lenta y pesadamente, tiempos más amables, primeros tiempos de deshielo y de pequeñas áreas de un verdor casi sagrado entre la nieve que comenzaba a derretirse. Después venían los tiempos de los cambios fantásticos, dignos de aparecer retratados en los cuentos de hadas si hubiese alguien capacitado para escribir, en que los rostros diversos de la naturaleza se volvían tan nobles y sublimes que aquellos hombres primitivos no pudieron resistirse a la idea de que había algo o alguien superior a ellos, alguien que no solo era polvo, alguien que no era solo barro, alguien digno de recibir alabanza.

Comienza así la época de dioses.
Grandes fiestas fueron organizadas desde siempre en honor a la primavera, desde las primeras edades de la inocencia humana y hasta el día de hoy.
Gustamos de llamarles “carnavales” y los hay por montones, todos haciendo gala de su propio estilo.
Los hay ya legendarios como el Carnaval de Venecia que logra tender un sólido puente entre un lúgubre pasado de peste negra, suciedad, conspiraciones, arte, ciencia y pensamiento y una modernidad apabullante que se niega a dejarlo morir porque comprende la necesidad de la celebración, la memoria y las máscaras detrás de las cuales ocultarse.

Están también los que mantienen vivas las raíces que nacen del poderoso Imperio Romano, empapado de latín, baños, gimnasios, bibliotecas, ideologías libertarias y dioses. El Carnaval de Badajoz, considerado uno de los mejores de Europa, representa la celebración con mayor asistencia de Extremadura y por supuesto, del mundo entero que no puede sino mirar con arrobo la infinita paleta de colores que tiñe sus calles, los gestos que engalanan millones de rostros en éxtasis.
El Carnaval de Brasil reúne completamente la exuberancia de América Latina, las plumas de colores que recuerdan a las aves exóticas que habitan en sus selvas, el calor húmedo que esparce por las pieles tostadas una fina película de sudor, los bailes frenéticos y un tanto abigarrados con los cuales se busca obtener el primer lugar, la perfección corporal, las sonrisas de un blanco inmaculado, la alegría de vivir a pesar de los problemas.

La palabra “carnaval” proviene del italiano “carnevale”, que a su vez deriva de la expresión latina “carne levare” que significa “dejar la carne”. Esta frase latina hacía referencia a la abstinencia de carne que los cristianos solían practicar durante la Cuaresma, el periodo previo a la Pascua. La palabra fue adoptada para nombrar aquellas festividades populares caracterizadas por el desenfreno, los disfraces y el placer, que como he mencionado antes, tuvieron su origen en las celebraciones romanas. Un ejemplo de ellas son las Saturnales.
En la Edad Media, la Iglesia Católica adoptó estas costumbres paganas como un medio muy útil de preparación para la Cuaresma, enarbolando la idea de que después de un periodo de excesos cuidadosamente permitido y hasta validado, se debía transitar lentamente hacia un sendero de abstinencia, ayuno y contemplación espiritual.

En todo esto, se percibe un delicado equilibrio pues nunca ha pasado desapercibido para los sabios que el hombre necesita de ambos, la comedia y la tragedia, la luminosidad y las tinieblas, el desenfado y el recogimiento ya que como mortal, se encuentra atrapado en un ciclo sin fin en el que se suceden tanto el uno como el otro.
Después de gozar en demasía, beber del mejor vino y tomar parte de extravagantes banquetes, es bueno recordar que alguien sufrirá hasta el punto de lo indecible, a pesar de ser demasiado joven, y lo hará por amor.
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