Por Del Editor
¿Por qué será que en Atlacomulco, ante un desperfecto, tenemos que aguardar mucho tiempo antes de que este se remedie?
Si fallan los semáforos, por lo menos debemos esperar tres días antes de que estos sean reparados; todo ello con el riesgo de un accidente. Los baches en nuestros caminos ya son legendarios y parece ser que así seguirán. El suministro de agua ofrece un mes de buen servicio y otro lleno de inconsistencias. En el trabajo de recolección de basura, año tras año, vemos que la labor se realiza a medias y para darnos cuenta de ello basta con recorrer nuestras calles.
Tal vez sea una tradición o una costumbre –una muy mala costumbre, por cierto-; pero los encargados de estas áreas, con muy escasas excepciones, parecen no darse cuenta de lo importante que resulta lo que hacen o lo que dejan de realizar.
Por ello, no deja de llamar la atención que esta rutina sólo se interrumpe cuando el ciudadano deja de solicitar y se decide a exigir.
¿Para qué llegar a esos extremos? ¿Acaso esa es la única manera en que los servidores públicos sean conscientes de que su labor va más allá de cobrar quincenas y pasear en autos del ayuntamiento?
Comprendemos que las maquinas fallan. Sabemos que los vehículos se descomponen. No ignoramos que las contingencias pueden ser miles y, por sí mismas, pueden afectar su trabajo.
Lo que no entendemos es el por qué de su falta de compromiso y planeación. Un simple aviso antes de cortar el suministro de agua nos ahorraría muchos malos ratos. Un simple recordatorio sobre la cancelación que se hará por un día en el servicio de limpia, nos bastaría para tomar precauciones. El simple acto de mantener a algún oficial brindando vialidad durante el tiempo en que están descompuestos lo semáforos, evitaría inclusive desgracias.
Pero no. En Atlacomulco eso no sucede. Aquí los servidores públicos valoran una de sus más firmes tradiciones: no intervenir hasta que no quede otro remedio.





