La Hermandad de los Crucíferos o Hermanos Crucíferos, quienes desde muy temprano manifiestan su fe, llevando pesadas cruces de madera sobre uno de sus hombros. Junto a ellos, doce niños engalanados con llamativos vestidos que parecen simbolizar a los apóstoles; además, un tamborcillo y una flauta le dan el toque ceremonioso al acto. Por su parte, los Crucíferos se visten con mantas blancas bendecidas con anterioridad; cubren sus rostros con una manta de cielo blanca, en virtud de que no quieren ser reconocidos mientras cargan sus cruces, algunas de ellas de tres o cuatro metros de largo y con un peso aproximado de 200 kilos.

El trayecto de casi 3 kilómetros se inicia con una procesión que recorre todas las calles que circundan la parroquia. Algunos integrantes de la hermandad llevan sobre sus hombros los entarimados en los que descansan las imágenes de Jesús flagelado y del Cristo de la Cruz, en tanto que la Virgen es sostenida por varios jóvenes, quienes esperan en determinado punto del recorrido la llegada de la imagen de Jesús.
Recién instalados en el Calvario, da principio una ceremonia de carácter privado en la que sólo participan los integrantes de la Hermandad de los Crucíferos. Para tal efecto, se desaloja a los fieles de la iglesia y se retiran todas las bancas de su interior, colocando en el interior dos trozos de madera que sirven de base para sostener la urna que contiene la imagen de Jesús.
A esto se suma el sonido de la flauta y el monótono ritmo del tambor. La iluminación desciende hasta casi quedar en penumbras. En ese momento, los crucíferos levantan la manta que cubre sus rostros e inician una larga serie de rezos como el Padre Nuestro y el Ave María; se flagelan y, a través de un débil y triste canto, piden perdón.
Fotografía portada Archivo Revista d’interés
Información: Mediateca INAH





