Por: Ana Ximena Monroy Martínez*
De trescientos sesenta y cinco días que como luces de colores adornan con brío un año completo, hay ciertos de ellos que merecen distinción, pues su luz se extendió más allá de un particular punto de vista, sus veinticuatro horas tocaron más de una vida y sus amaneceres y atardeceres quedaron grabados a fuego y para siempre en más de una memoria.
Hay días que no pasan en vano.
Hay días cuyo fulgor no puede ser apagado ni con toda la lluvia caída en cien años.

La mañana del primero de diciembre de 2024 se mantuvo fría y expectante mientras anunciaba el inicio de uno de estos días revestidos de importancia para no pocos. Una a una o dos a dos llegaban montadas en sus bicicletas almas sedientas de aventuras, todas ellas pertenecientes a una poderosa hermandad deportiva, donde lo único que verdaderamente importa es poseer un corazón de rueda y una mirada de montaña, cuyo reflejo es siempre el de agua cristalina y nuevos horizontes todavía por descifrar.
Hay una grande fiesta que indefectiblemente tiene lugar cuando ochocientas personas de distintas partes del país, se reúnen bajo una misma bandera y al llamado de una sola voz, cuando son congregadas por amor a una misma cosa.

En el aire se percibe un significado profundo, una energía imposible de cuantificar que como un relámpago lo atraviesa todo, una maraña de emociones nudosas y difíciles de describir.
Ciertamente cuando ochocientos corazones laten al mismo compás en un solo momento y lugar, entonces ese momento y ese lugar son todo menos ordinarios, todo menos comunes o fácilmente olvidables.
La adrenalina no puede menos que dispararse ante la expectativa de cincuenta kilómetros por delante, cincuenta kilómetros hechos de sudor, calor, sacrificio, raspones, sangre y la sensación que enfrenta todo aquel que se queda demasiado tiempo a solas consigo mismo.
Hay caminos que vale la pena recorrer a pesar de las estrellas cansadas y los amaneceres jóvenes, a pesar de la amistad apesadumbrada con la carretera por manejar desde tan lejos.
Pero sucede también que hay un pueblo discreto y pequeño, enclavado en las montañas, cuya belleza puede a veces ser superada y del que puede decirse todo menos que no sabe abrir los brazos y musitar un sincero “bienvenido seas”.

Este pueblo llamado “El Oro”-y nunca ningún pueblo tuvo un mejor nombre –es el escenario perfecto para que eventos de este tipo tengan lugar, pues deben creerme cuando digo que en verdad lo tiene todo. Todas las características necesarias para que la magia suceda.
Tiene un pasado cargado de bonanzas, buenas oportunidades, metales que brillan como el mismo sol y al mismo tiempo muerte, desolación, y grandes penurias. Todo junto y en la misma proporción.
Tiene montañas –que aún susurran con voces trémulas e ininteligibles en medio de un intenso verdor –historias antiguas y de finales inesperados.
Tiene calles empedradas, de traza caprichosa y esquinas que bien ameritan abandonarse a la nostalgia. Pero por encima de todo tiene gente, gente que canta, baila, reza, abraza y que da. Sobre todo tiene gente que sabe dar.

Me parece que “generosidad” sería la palabra correcta para describir a esta gente.
Verdaderamente los días memorables, de fuegos inextinguibles, los días de magnos eventos, aquellos en los que ocurre la magia, no pueden existir sin personas generosas que ponen todo en el sitio correcto, que organizan los factores de un modo tan especial que solo pueden dar como resultado una ecuación perfecta.
Los hay que ignoran el cansancio y la dureza de las pruebas, los hay que se donan a sí mismos por amor a su tierra, para beneficiarla y de este particular modo, bendecirla como vienen haciéndolo ya desde hace varios años los creadores de Senderismo El Oro, los artífices de la magia poderosa que es capaz de arrastrar a masas de apasionados sin importar distancias o cordilleras, los que habían tenido una vez un sueño y ahora pueden verlo materializado en una realidad que riega los campos de nuestro pueblo como agua fresca, los que cuidan cada detalle con esmero para que siempre queden ganas de regresar y volver a sentir, los que son un puente para que los foráneos queden cautivados y se vayan con la copa repleta de maravillas.

Por todo ello, no, no es fácil que el fulgor del pasado primero de diciembre y de tantos otros días de retos de toda índole quede apagado ante cualquier ventisca invernal, por fuerte que ésta sople.
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