Por Gabriel Escalante Fat*

“Porque los buenos no son tan grises
ni los sabios tan serios, ni los pobres tan feos
”.

Serrat / Sabina

            Hemos aprendido historia como si se tratara de una novela de aventuras o una película de Marvel. Los héroes son buenos, buenos, que se enfrentan a villanos malos, malos.

            ¿Y qué pasa cuando un “malo” se pasa al bando de los “buenos”, como Iturbide, el consumador de la Independencia? Fácil, evitamos hablar de él, lo excluimos del “Grito” y destacamos que el poder se le subió a la cabeza y se proclamó emperador. Insistimos en que Hidalgo es el Padre de la Patria (aunque en realidad nunca hubiera buscado la independencia), y a pasar página.

            ¿O cómo se asimila el hecho de que un bueno, buenísimo, como Benito Juárez —Benemérito de las Américas— haya celebrado un tratado tan cuestionable como el McLane-Ocampo? Un documento que, a cambio de ayuda económica y militar para salvar su gobierno, concedía a los Estados Unidos derechos sobre el territorio nacional, que habrían podido poner en riesgo nuestra soberanía por décadas  (ahí nomás pregúntenle a Panamá, que tardó 96 años en recuperar el territorio de la Zona del Canal).  ¿O que una vez en el poder no quiso soltarlo por nada y que quizá se habría reelecto ad perpetuam?  Sencillo: declaramos “Viva Juárez, mil ecos repitan, porque Juárez la Patria nos dio” y a otra cosa, mariposa.

            ¿Y cómo explicamos que el mayor desarrollo económico, científico y de infraestructura en 203 años de vida independiente se dio durante el régimen del tirano y dictador  Porfirio Díaz Mori? Sí, el mismo que —para evitar un mayor derramamiento de sangre— renunció a su cargo sólo seis meses después del inicio del levantamiento armado en su contra.  Simple: ensalzamos a Madero, “Apóstol de la Democracia”, aunque hubiera sido un idealista completamente iluso e ineficiente para gobernar. 

            Con la llegada de la 4T y la reafirmación del populismo como piedra basal de un gobierno que, a falta de argumentos nos receta cantaletas, la historia nos la cuentan de forma aun más maniquea. Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas son santos impolutos; Cortés, Iturbide, Maximiliano, Díaz… y Calderón, son demonios que merecen arder en el infierno.   

            Los mexicanos de mi generación y la de nuestros padres, crecimos con la firme idea de que en la Guerra Civil española, los Nacionales de Franco eran los villanos, y los  Republicanos eran indiscutiblemente los buenos en esta contienda.  Abonó a esta idea el asilo que  México dio al exilio español  — por la generosa iniciativa de Lázaro Cárdenas, una de las figuras totémicas en nuestro país— con el que llegaron unos 25,000 ciudadanos españoles perseguidos por el franquismo, que hicieron valiosísimas aportaciones en los ámbitos artístico y cultural a nuestra nación.

            Nunca se nos mencionó que la Segunda República era frágil por las luchas internas entre sus distintas facciones.  Jamás se discutió que las prácticas violentas y crueles que practicaban los Nacionales, no tenían nada que envidiar a la crueldad y violencia del bando Republicano.  Siempre se soslayó el apoyo Soviético a la República, por medio de armamento, alimentos y asesores militares, que quizás habrían convertido a España en un satélite de la Unión Soviética, con una localización geográfica insuperable, a las puertas del Mediterráneo y sí, en cambio, se destacó que Franco tenía el apoyo directo de Adolf Hitler, ávido también de tener control en un territorio al sur de Francia.

            Con la lectura, hace unas semanas, de la más reciente novela del escritor español Arturo Pérez Reverte (ex reportero de guerra, historiador y miembro de la Real Academia de la Lengua Española) “La isla de la mujer dormida”, muchos de mis estereotipos respecto a la Guerra Civil se vinieron abajo.

            Es cierto que el libro es una obra de ficción, pero está situada en un entorno histórico descrito con estricto apego a la realidad.  En abril de 1937, momento crítico en el conflicto, el bando Nacional decide implementar, bajo el más absoluto sigilo, una operación de sabotaje a los barcos soviéticos que transportaban suministros desde los puertos de Odessa y Sebastopol, en el Mar Negro, hacia los puertos españoles bajo dominio del franquismo.

            La estrategia lleva a los nacionales a conseguir una moderna lancha torpedera alemana, enviar a entrenamiento a Kiel a un marino mercante de madre griega y, desde una minúscula isla del archipiélago de Las Cícladas en el Mar Egeo, dar caza a las embarcaciones soviéticas y españolas que tendrían que pasar por esa región, ruta obligada en su trayecto.

            Lo peculiar de este argumento es que uno acaba por simpatizar con los personajes que sirven al bando que, a partir de su triunfo definitivo en 1939, devendría en una dictadura de 36 años, bajo la que muchas libertades elementales fueron suprimidas para los ciudadanos españoles.

            Cómo no admirar al protagonista, Miguel Jordán, a quien el destino lo ha arrancado de sus buques cargueros, para comandar a una banda de mercenarios y atacar a quienes él llama “compañeros de mar”.

            Cómo no comprender al oscuro barón Katelios, dueño de la isla y amigo del dictador griego Ioannis Metaxás, quien no le deja opción más que recibir al comando en su propiedad.

            Cómo no sentirse fascinado por Lena, la esposa del barón, una mujer que al saberse traicionada por el marido, decide ejercer una venganza más efectiva que abandonarlo: quedarse con él para siempre.

            Cómo no empatizar con Pepe Ordovás  y Salvador Loncar, espías destinados en la estratégica Estambul, amigos de muchos años a quienes el azar los coloca en bandos contrarios y que, a pesar de este inconveniente, pasan las tardes jugando ajedrez en un pintoresco prostíbulo turco.

            Cómo no admirar a las hermanas Calafell, anarquistas españolas residentes en Turquía, que hospedan y encubren al espía republicano, a riesgo de su propia libertad.

            En entrevistas a distintos medios, a propósito del lanzamiento mundial de esta novela, el mes pasado, Pérez Reverte —quien en 21 años de periodista cubrió para medios escritos y audiovisuales 18 conflictos armados en Europa, África y Latinoamérica— ha afirmado que las guerras deben estudiarse desde todos los ángulos posibles, porque cada bando tiene fundamentos para defender su postura.

             Y como ejemplo, habló de manera contundente respecto la guerra palestino – israelí. Al respecto mencionó que, en su opinión, no había solución posible, principalmente porque ambas partes tienen razón.  Dijo:

            “Israel es una democracia a la occidental… para sobrevivir, utiliza métodos absolutamente criminales… tratan a los palestinos como los nazis los trataron a ellos.  Los palestinos —que son las víctimas en esto— viven en Gaza bajo la dictadura de Hamas, un movimiento terrorista, criminal y fanático religioso, que se escuda en mujeres y niños muertos para victimizarse.  Yo, a veces, detesto por igual a israelíes y a palestinos y, al mismo tiempo, siento simpatía por unos y por otros”.

            Y concluye: “El conflicto no tiene solución, simplemente porque ambos tienen razón en su lucha. Si yo fuera israelí, haría lo mismo que hacen ellos; si fuera palestino, también actuaría de la manera que ellos actúan”.

            Informarnos desde múltiples fuentes, con diversidad de modos de pensar, nos hará comprender que el mundo en blanco y negro no existe ni ha existido nunca, que hay una infinita gama de grises en medio de ambos extremos y que, como sabiamente dijo Ramón de Campoamor en 1846: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”.

            Usted, amable lector, ¿de qué color es el cristal que usa para mirar a través de él?

Guadalajara, Jalisco, noviembre 26, 2024.

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