Por: Ximena Monroy*

He recorrido un desierto de penas sin nombre.

He atravesado kilómetros de mares salvajes, sin dirección.

He encanecido a causa de vientos gélidos y hambres profundas.

He martirizado mis pies con largas y fatigosas caminatas sobre un suelo hecho de brazas al rojo.

Mi piel se ha erizado, llenándose de diminutos glaciares de sentimientos.

Mis oídos han persistido en la escucha de tantas notas solitarias que he perdido la cuenta.

Mis ojos se han ensombrecido contemplando innumerables atardeceres frente a una ventana empañada.

Y después de todo, no he podido constatar la veracidad de la premisa de que a esta vida se viene a ser feliz.

En la creación no hay espacios en blanco; por el contrario, hay una insoportable abundancia de todo, una abundancia que, siendo insoportable en ocasiones, hiere los sentidos del hombre.

Hay un horizonte repleto, sin vacíos, sin titubeos, haciendo gala de una contundencia tal que sobrecoge y reconforta y martiriza y esperanza, todo inexplicablemente a la vez.

Pero no he podido ver aún la huella que la felicidad imprime en la arena. No hay aún –después de milenios de vida continua – síntoma alguno de que en esta vida se está destinado a ser feliz.

Este y no otro, es un hecho difícil de aceptar. Y es simplemente un hecho discutido porque habrá quienes afirmen que la felicidad ya está –y muy evidentemente –alrededor nuestro, como una cortina de seda delicada y susceptible de romperse en cualquier mil veces maldito momento. Por ello, es desaconsejable tocarla.

Habrá quienes afirmen que, de hecho, la felicidad lleva puesto –y orgullosamente –el disfraz de la tranquilidad. Es decir: “si estás tranquilo, considérate feliz”. Una premisa fascinante y nada desdeñable.

A veces, dicen que se encuentra en el interior de tod@s desde el instante mismo del nacimiento, como una semilla que crece inciertamente y un día puede dar o no dar frutos.

Lo cierto es que, a lo largo de los siglos, el empeño de buscarla ha ocupado a no pocos hombres y mujeres. Todos ellos sabios, soñadores, filósofos, científicos, transgresores, propensos a pensar demasiado y hablar poco, propensos a soñar despiertos y a comportarse como locos, con hambre. Hambre de descubrir.

Hombres y mujeres profundamente espirituales como Buda que logró conectarse permanentemente con la energía, la luminiscencia que una vez fue la fuente primordial que regó los jardines de la existencia entera. Se dijo demasiado de Buda, pero sobrecoge el hecho de que supuestamente dejó de comer y beber pues la felicidad que logró alcanzar era demasiado densa, tan rematadamente poderosa que ya no necesitaba nada más.

Hubo también filósofos que afanosamente buscaron en cada resquicio de sus mentes –como si desearan sacar un conejo de una chistera.

Estaban por ejemplo los seguidores del estoicismo, una corriente filosófica fundada en Atenas por Zenón de Citio que consideraba la virtud como la más preciosa de las flores que crecían en el alma humana y que juzgar entre lo bueno y lo malo era un veneno que atentaba directamente contra los finos y aromáticos pétalos de la felicidad. Se debe pues, aceptar las cosas como vienen, sin opiniones, sin nombres, sin preguntas.

Y otro hombre llamado Epicuro de Samos, también en Atenas que durante siglos constituyó el mejor lugar para bucear en los confines de la naturaleza del hombre, propuso su corriente filosófica a la que llamó epicureísmo. Creía que eran necesarias solo unas cuantas gotas de placer para dar sentido a la vida. Algo así como agregar esencia de vainilla a un pastel para mejorar su sabor. No demasiada porque el pastel se estropearía y no demasiado poca porque su sabor sería insignificante. El placer –propone –debe caer con la sutileza de los copos de nieve sobre mente y cuerpo.

Hubo también un personaje memorable, admirable, cuya mente oscilaba entre la razón y la locura como un relámpago que desdibuja la frontera entre la luz y la oscuridad: Diógenes de Sinope, mejor conocido como “el cínico”. Hombre hecho de ideas y de carne dura como el acero que creía en la posibilidad de que el alma humana fuera ligera y libre siempre y cuando se alejara de la putrefacción de los bienes materiales y se cultivara en el autocontrol y la extrema austeridad. Vivió en un barril, comió con los perros, se conformó con un plato de lentejas para no tener que ofrendar su preciosa libertad a un rey y caminó con una lámpara a plena luz del día en busca de hombres de sensatez y buen corazón.

Hubo también grandes guías, maestros que apostaron por desvelar el verdadero camino hacia la felicidad a un sinnúmero de personas que aun hoy constituyen los océanos de creyentes más grandes del mundo.

Según la tradición islámica, el Corán fue revelado por Dios a Mahoma a través del arcángel Gabriel y Mahoma a su vez, transmitió esta sabiduría hecha de arena de desierto y soles ardientes a sus seguidores de manera oral pronunciando frases bellas y profundas como los ojos de quien ha llegado a entenderlas verdaderamente. El profeta dijo pues: “Sus pecados serán perdonados, aunque sean tantos como la espuma del mar”.

De Jesús –un hombre de paz y largas caminatas –se han dicho demasiadas cosas, su existencia ha sido tal vez más discutida a lo largo de la historia de lo que a él le hubiera gustado. Sin embargo, su fórmula para la felicidad consiste en no otra cosa que inconmensurables cantidades de amor y representa hoy como hace dos mil años una de las mayores y más importantes máximas de la humanidad: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Y por supuesto, refiriéndose a una perla siempre ansiada y nunca encontrada llamada felicidad pronunció: “Bienaventurado aquel que busca, aunque muera creyendo que nunca encontró porque de él es el Reino de los Cielos”.

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