Por: Ana Ximena Monroy Martínez*

“La esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo” 

José Martí

Es derecho de toda nación moderna y civilizada ser libre y soberana, practicar su cultura, su religión, elegir un gobierno democráticamente, dictar su propia ley y luego ponerla en práctica, imponer castigos bajo las normas de la justicia…en suma, una situación privilegiada que a menudo tiende a perderse de vista debido a la densa nube de discusiones internas –y dicho sea de paso, muy normales y hasta benéficas para toda república –que mantienen sus ciudadanos pues no hay quien posea la verdad absoluta.

Las discusiones al interior de cualquier nación son sinónimo de avance, de consciencia y de un sentido de bienestar para todos; ese “querer que a todos nos vaya mejor”.

Esta república en que vivimos suscita las más variadas pasiones sin lugar a dudas: un murmullo de admiración, un sollozo de pena, un suspiro de alivio, piel de gallina, profundas sonrisas, lágrimas densas e insoportablemente saladas como sus mares. Es pues un país de pasiones, de contrastes, donde a la vida se la vive bien, se la sabe vivir.

Pero hubo un tiempo en que el yugo antiguo e implacable de España, caía sobre las espaldas de este lugar de sueños. El nombre propuesto por el conquistador no hacía sino afirmar la contundencia y sonoridad de su dominio: La Nueva España. Un país del que se podía decir todo menos que era independiente, un país que era todo menos libre.

Es un proceso natural en la historia del mundo que una nación, un pueblo conquiste a otro basándose en superioridades de cierto tipo y es bien sabido que dichas conquistas no son precisamente nobles y suaves como la seda o como la nieve. Hay fuego y violencia que lo cubre todo, un fragor que se extiende como una sinfonía en un teatro: hiriendo el aire pero causando placer a los oídos y a las almas.

Sin embargo, si algo caracteriza a este largo camino de historia mundial es que las cosas nunca pueden permanecer en su estado original. Es el cambio y no la permanencia quien tiene la última palabra. Es por ello que al cabo de casi 300 años de dominio español –en los que es imposible ignorar el enriquecimiento cultural del que se beneficiaron ambos territorios –un espíritu de intranquilidad comenzó a anidar en los corazones de ciertas gentes de condiciones variadas, y no es que antes no anidara pues oportunidades las hubo a montones, sino que esta vez parecía cobrar una fuerza insospechada. Parecía que hasta las mismas piedras gritaban “muera el mal gobierno” y muy sutilmente aún gritaban “libertad”, un grito de guerra que con el tiempo se convertiría en la piedra angular del movimiento independentista.

Había entre los dirigentes un cura, dos mujeres y varios militares de alto rango, y estaba también el pueblo, gente sencilla con la mirada de sembradío y la pobreza impresa en la piel.

Es curioso como por el ideal correcto se desencadena una serie de acontecimientos perturbadores, hasta las mismas montañas parecen caminar y luego el mundo gira a una velocidad vertiginosa. Y es que en las grandes luchas todo es rojo: las manos, las calles y el atardecer. Siempre existen mártires y ese insoportable potencial perdido junto a sus vidas igualmente perdidas. Siempre existe el dolor que palmea las espaldas con sus manos largas y descarnadas.

Queda el consuelo de que a la larga los resultados de las grandes luchas arrastran consigo beneficios y que valió la pena haber pagado el tributo con la vida.

Por lo tanto, no es descabellado pensar que esa turba conformada de intelectuales y pueblo raso que esa madrugada de agridulce recuerdo del 16 de septiembre de 1810 permanecía a la expectativa, estaba cubierta de una densa niebla de terror, pues cuando se encuentra en juego la propia vida gracias a la defensa de un ideal, no es posible bromear ni sonreír. No es posible pensar en la gloria sino en el sacrificio, no es posible pensar que algún día será uno recordado como héroe, solo está la imprecisa necesidad de huir, ponerse a salvo de toda aquella locura. Pero todos ellos se quedaron a pesar del infame terror.

Y ahí tenemos al pueblo de México, apasionado, antiguo, contrastante, luchador.

Luchador que empuña armas y se dispone siempre a combatir al que “profane con sus plantas tus suelos[1], que dice “mi patria es primero[2], que dice “cuando todo se haya perdido tendremos todavía por patria las tumbas y por sudario nuestra divina bandera hecha jirones[3]. Pueblo que con lágrimas en los ojos entona las gloriosas notas de su Himno Nacional y que deja a un lado sus ocupaciones para impedir que su lábaro patrio toque el suelo.

Un pueblo que quiere a su patria como quiere a su madre. 


[1] Fragmento del Himno Nacional Mexicano

[2] Célebre frase de Vicente Guerrero

[3] Fragmento de un poema de Guillermo Prieto


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