Por Gabriel Escalante Fat*
“El tiempo vuela sobre nosotros,
pero deja atrás su sombra”
Nathaniel Hawthorne.
1984 y 1985 fueron dos años muy especiales en mi vida, que ya roza la icónica edad que describiera Paul McCartney en su canción “When I am sixty-four”.
Desempleado y quebrado por un par de temerarios emprendimientos que me obligaron a vender mi coche –en ese momento mi único bien material-, me acogí a la generosa oferta de empleo que, a sugerencia de mi gran amigo el Gordo López, me hiciera mi también querido amigo Guillermo Ruiz. Consistía el trabajo en convertirme en agente de ventas de rodamientos industriales en los estados de Michoacán, Colima y Jalisco, a cambio de modestos viáticos, gastos de automóvil y las expectativas de una jugosa comisión sobre las ventas realizadas.
Después de una capacitación de tres días en la Ciudad de México, y con la inconsciencia y el arrojo de mis 23 años, me lancé a la carretera el primer lunes de abril del ’84, en la VW Combi que me prestó mi padre para tal fin. Salí temprano de mi casa en El Oro, con listas de precios, muestrario y block de pedidos, dispuesto a cubrir la cuota inicial de un millón de pesos mensuales (unos $400.000 de hoy), que me habían puesto como objetivo.
En cuatro días visité clientes en Maravatío, Acámbaro (que es Guanajuato, pero se considera dentro de la ruta de Michoacán), Morelia, Pátzcuaro, Uruapan, Zamora y La Piedad, con la buena fortuna de que en ese brevísimo lapso alcancé el objetivo de ventas de todo el mes. A la satisfacción del éxito comercial, se sumaban las horas placenteras que pasé en carretera (sin considerar ni por un momento que podía correr peligro), la rica comida que probé y dos muy cómodos hoteles en Morelia y Uruapan; el de La Piedad estuvo terrible. Con mucho tiempo libre entre mis actividades (los comercios en esa época suspendían actividades de 2 a 4 y cerraban a las 6 o 7 de la tarde), hice de los libros mi compañía indispensable.

El viernes me presenté en la empresa para recoger la mercancía y al siguiente lunes volví a la ruta, a entregar los pedidos, labor mucho más sencilla y rápida, por lo que decidí extender el recorrido. Después de infructuosas visitas a Jiquilpan y Sahuayo, llegué una tarde a la plácida, cálida y hermosa ciudad de Colima. Su Bulevar Camino Real, impecable paseo arbolado, me dio la bienvenida.
El proceso para localizar clientes potenciales en aquella era pre-Internet, consistía en conseguir una Sección Amarilla local y buscar, ayudado por la intuición, aquellos comercios que parecían estar en el objetivo, transcribir sus domicilios y ubicarlos en un mapa de Guía Roji. Por tanto, era conveniente registrarse en un hotel tan pronto como fuera posible. Eso hice en el Hotel María Isabel, que ofrecía unas habitaciones pequeñas, a precio especial para agentes viajeros.
A la mañana siguiente, después de unos deliciosos huevos colimotes, un jugo de lima y el infaltable café, armado con una muy breve lista de prospectos, visité al primero de ellos: Baleros y Retenes de Colima. Una tienda impecable, ordenada y con un mostrador impoluto, raro en este giro comercial. Me sorprendió que la empresa fuera propiedad de una mujer joven, muy linda y de trato amable, lo que no le restaba firmeza para negociar. Me permitió gentilmente mostrarle mis catálogos, muestras y listas de precios. El tiempo corría despacio en la Colima de hace 4 décadas.

Lucía Puga —que era el nombre de la joven empresaria— se había quedado al frente del negocio de su padre con sólo 24 años de edad, a causa de la repentina muerte de éste y de su esposa, en un accidente automovilístico. La chica, graduada en Servicio Social cuatro años antes, se vio súbitamente convertida en cabeza de familia y de empresa, a los cinco días del fallecimiento de sus padres. Cuatro años después, cuando la conocí, el negocio marchaba de manera estable y su hermano César comandaba la sucursal de Manzanillo.
Poco más de un año duró esa relación comercial, regida siempre por una formalidad incuestionable, que me llevó a aceptar la propuesta de mi clienta en el sentido de que, en el estado de Colima, sólo le vendiera a ella, lo que nos garantizaba mayores ventas y ahorro de tiempo y recursos. Así fue hasta que las circunstancias me llevaron, en septiembre de 1985, a volver a la Ciudad de México, re contratado por la compañía de la que había salido a principios del ’83.
Cuarenta años después, una fortuita asociación de ideas me transportó mentalmente a Colima y, con ello, a Lucía Puga y mi breve pero inolvidable etapa de agente viajero.

Googleando, di con un artículo de 2016, en el que el periodista Marco Romero reseña el 50° aniversario de Baleros y Retenes de Colima, y en el que habla de los logros de su directora desde 1980, que llevaron a consolidar a la compañía, que actualmente cuenta con 6 sucursales, además de su casa matriz, ahora sobre la arteria principal de la ciudad. Logros que la han llevado a recibir diversos reconocimientos, tanto en el ámbito empresarial como en el social, entre los que destacan la presea “Amalia Gaytán”, conferida por el Congreso del Estado a su labor como empresaria, y la fundación del Banco de Ropa y Enseres Domésticos, para asistencia a las clases más desfavorecidas.
Le escribí al autor del artículo, mencionando en una breve crónica mis recuerdos acerca de Lucy y su entonces incipiente carrera en el ámbito de los negocios. Él, amablemente, compartió mi correo con mi ex clienta y pronto ambos entramos en contacto vías WhatsApp y telefónica.

El pasado 24 de agosto me di una vuelta por Colima —está a menos de dos horas de mi casa en Guadalajara— y pasé a visitar a Lucy Puga, quien me recibió con la misma gentileza que cuatro décadas antes, adicionada por cierta nostalgia al ser recordada por un proveedor de tan lejanos días.
Nunca consideré que Lucy y yo hubiéramos tenido una relación amistosa, pero la confianza y el respeto mutuos son buenas bases para el inicio de una amistad, sin lugar a dudas.

En una muy grata conversación de casi dos horas, en su oficina, tuve oportunidad de conocer a su hijo menor, ahora gerente de la empresa, pero sobre todo de conocer la esencia de esta mujer, que le permitió no sólo sobreponerse a una adversidad, sino capitalizar el momento y crecer personal y profesionalmente de manera paralela.
Como suele suceder cuando dos sexagenarios platican, llegamos a lugares comunes como decir que en los ’80 se vivía de manera más pausada, que el ingrediente inseguridad no pintaba en la cotidianeidad de la gente y que las relaciones forjadas en aquella época sobrevivían al tiempo.
Pero también llegamos a una conclusión: Pasada cierta edad —50 años, tal vez— el tiempo empieza a jugar alevosamente con nosotros y a transcurrir mucho más de prisa. De pronto podemos regresar con diáfana claridad a momentos de nuestra juventud —que vemos aquí nomás a la vuelta—, hasta que nos damos cuenta que no puede estar tan cercana puesto que entre ese tiempo y el actual, hemos pasado por varias relaciones, tenemos alguna hija que ya se acerca a los cuarenta, hemos perdido a muchos seres cercanos y nuestra decadencia y final quedan “allí nomás tras lomita”, como el Dolores Hidalgo del gran José Alfredo.

En fin, que después de esa conversación —que complementé con un grato paseo con mi perro por el pueblo mágico de Comala (muy recomendable) y con una comida riquísima en un restaurante de la misma población— confirmé mi intención de seguir viviendo provechosamente cada uno de los días que me quede de vida, ya sea con trabajo, con aprendizaje, con diversión, con paseos o reencontrándome con algunas de las tantas personas que la vida ha puesto en mi camino.
El compositor francés Hector Berlioz dijo una vez: “el tiempo es un gran maestro, lo malo es que va matando a sus discípulos”. De manera que, si no puedo evitar que el tiempo me engañe y que al final termine por matarme, al menos intentaré, en los años venideros, irle ganando pequeñas batallas, minuto a minuto.
Guadalajara, Jalisco, septiembre 04, 2024.
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