Por Víctor Hugo

De nuevo al trabajo por la mañana, la misma rutina, todo igual desde hace varios años. “Botas” me despidió, salí de casa con la esperanza de regresar a la misma hora.

Voy en silencio por la vida, quizá me olvidé hasta de pronunciar palabra alguna, aunque mi mente acumulé millones de términos al día. Hablo conmigo mismo, después de todo, tal vez sea yo quien me entienda. Como un flash una idea interrumpió la aburrida junta, ¿cuánto costará un arma?, sin perder tiempo tomé el inútil celular para utilizar el buscador de internet, había de muchos precios, calibres, marcas, me entusiasmé tanto que olvidé la junta y concentré mí búsqueda en esa idea que a mi parecer resultaba bastante interesante; salí de la oficina con el pensamiento en un objetivo, hacía tiempo que nada me había entusiasmado tanto como la posibilidad de comprar un arma.

La misma dinámica de la tarde anterior transcurrió a mi llegada a casa, con la única salvedad de que ahora había ese algo que podría llamar “motivación”. No sabía cuál era la mejor, consulté varias veces la app del banco para ver si contaba con los recursos necesarios para adquirirla.

… Ella no vendrá, le dije mientras daba la vuelta a la página de una revista de armas.

-¡Sí lo hará, estoy seguro! -murmuró mientras recorría la calle vacía con la mirada.

Llevas ahí toda la tarde…

¡Llevo toda la vida!, sé que vendrá, lo siento aquí en mi corazón.

El cansancio se hizo presente, acomodé el libro en la mesita junto al sillón, referí un par de oraciones y me retiré a mi recamara. Deberías hacer lo mismo, le dije mientras le daba una palmada en su espalda.

No me respondió, sólo me miró y continúo viendo por la ventana…

Continuará…

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