Por: Ana Ximena Monroy Martínez*

Cada mañana, al despertarnos con la ráfaga áurea y cegadora del sol, nos asaltan las prisas con esa permanente presencia suya para exhortarnos a comenzar con una reglamentaria vida cotidiana, que aun después de siglos, no deja de adormecer nuestra consciencia ante las verdades más certeras de la realidad.

Cierto es que reflexionamos poco de nuestra condición frágil y limitada y aun así minuciosamente colocada en su sitio particular en el gran rompecabezas universal. Una condición cuya fragilidad no puede en modo alguno enturbiar la belleza que entraña.

Reflexionemos pues del cuerpo que envuelve nuestra verdadera sustancia. Es un cuerpo bello, intachable en el servicio que brinda, complejo y asombroso que pone de manifiesto una genialidad salida quizá del lugar donde los cielos se unen meticulosamente con la tierra, un lugar velado (por el momento) a nuestros ojos pero real como un suspiro de alivio.

Hay un milagro latente, silencioso, cotidiano al caminar, abrazar, parpadear, pensar, hablar, besar, observar y una lista de verbos larga como cauda de cometa que existe en cualquier idioma gracias a que nuestro cuerpo puede ejecutarlos con maestría.

Hay una energía luminosa, intima, omnipresente mientras vivimos que hace latir el corazón, que nos hace respirar a un ritmo idéntico al de las olas del mar que golpean la playa dejando rastro de cabellera espumosa y ademanes solemnes.    

Hay cierta ternura cuidadosamente oculta en cada cuerpo humano que lo mantiene con vida y salud, balance y proporción hasta que se llega un tiempo ciertamente temible en que debe ocurrir lo contrario, como si en algún lugar alejado se escuchase un lúgubre tic tac que anuncia el viento de cambio, el inicio del ocaso de toda una vida ya rica, repleta de vivencias, conocimiento y placeres.

En definitiva, a todos se nos otorga el regalo de una máquina perfecta, algunas veces con ciertas capacidades diferentes (pero aun así útil) con la cual navegar las fatigosas y hoscas aguas de la vida.

Nadie sabe cómo ocurre esto. Es quizá el mayor y mejor as bajo la manga del Creador.

Es asombroso y puede que intimidante pensar en las posibilidades sin término que nos brinda el cuerpo. Un ejemplo:

Según se decida, se puede bailar siguiendo los compases de todo tipo de música y si se cultiva la disciplina y la perseverancia se puede llegar a ser un(a) prolífico(a) bailarín(a). Es incluso posible presentarse en los más prestigiosos escenarios del mundo y hacer que los espectadores se pregunten ¿de qué va toda esta magnificencia? ¿De dónde brota la magia que nos impulsa a ser hogar de la hermosura?

Los antiguos griegos, a los que se puede llamar con toda seguridad y franqueza “sabios”, creían que para honrar a los dioses era aconsejable tener un cuerpo ejercitado, vigoroso y altamente disciplinado, ágil en la ejecución de varios deportes. Y por supuesto una mente serena y concentrada pues un cuidado integral debía incluir ambos aspectos como las dos caras de la misma moneda.

Cuentan que cierto día en que las avecillas cantaban como de costumbre y las viñas griegas estaban a rebosar de frutos maduros y jugosos, nada hacía sospechar que en el Monte Olimpo se libraba una encarnizada batalla entre Zeus (el dios principal y más poderoso del Panteón griego) y Cronos (el implacable dios del tiempo) a quien dicho sea de paso, nadie había conseguido vencer hasta el momento.

Con grandes esfuerzos humillantemente impropios de su alto rango y poder, Zeus salió victorioso y Cronos, maltrecho y derrotado no tuvo más que contar la primera derrota en su haber y de hecho, la única hasta el momento, aun después de siglos de acontecimientos irrefrenables.

Fue así que como una oda a Zeus, el laureado dueño de la escurridiza victoria, los griegos originaron los primeros Juegos Olímpicos de la historia. En ellos, participaban atletas venidos de todos los rincones del mundo conocido hasta entonces que hacían gala de su capacidad física y disciplina mental. Pero lo más admirable, aquello que aún hoy sigue constituyendo nuestra esperanza en la unión de la raza humana para el bien, es que durante las Olimpiadas se decretaba un “tiempo de paz” o “tregua olímpica”, tiempo de cese al combate, tiempo en que la guerra dejaba de cubrir con su neblina infectada la pulcritud de una civilización construida a base de conocimiento y cultura.

Aquellos llamados vencedores eran coronados con ramas de laurel, olivo y apio, símbolo imperecedero de la victoria, el honor y la nobleza de espíritu. Una recompensa humilde a simple vista pero que entrañaba el significado de toda una vida de preparación y sacrificio. Después de haber ganado, aquellos valerosos hombres podían morir en paz.

Regresaban a sus hogares en carros tirados por caballos y eran recibidos con honores y gran fasto por un pueblo orgulloso que por breves instantes se olvidaba de las hieles de esos muy duros tiempos.

En suma, otro de los grandes dones de nuestro maravilloso cuerpo es el deporte y con este viene implícita la capacidad para ser artífices de la paz, usar el cuerpo como instrumento y vehículo para lograr grandes hazañas dignas de leyendas griegas, ir más rápido, llegar más alto, ser más fuertes, juntos como dice el lema de los Juegos Olímpicos modernos y por supuesto tratar de vencer a Cronos y así acceder al sueño de convertirnos en semidioses.    

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