Por Jessica Cortés Hernández

El despertar con sus pequeños gritos, hacen que mis pesados parpados no puedan despegarse, pero su insistencia hace que los despegue de un golpe y así, pueda verlo a mi lado.

Son las siete de la mañana, he dormido más de ocho horas, me siento cansada, pero él hace que despierte de golpe con su misma energía y sus fuerzas para emprender un día más; comienzo a preparar todo para el baño, a vestirlo, cambiarlo y si él me deja, empiezo a arreglarme yo.

Atrás han quedado los baños largos bajo la ducha, con toda la tranquilidad posible para reflexionar el rumbo mi vida,  ahora ya son cosa del pasado, se convirtieron en  viejos recuerdos,  al igual que los tratamientos para el cabello, las mascarillas, el esmalte en las uñas, las idas al gimnasio, etc.

Después veo qué ropa me puede quedar,  me paso cinco minutos frente al espejo observando los cambios que ha sufrido mi cuerpo, cinco más para probarme pantalones, 10 para probarme blusas, y al final salgo del cuarto con los jeans cómodos  y las blusas flojas que nunca solía usar.

Ahora mi maquillaje  sólo es delineador y rímel, con pequeñas bolsas debajo de mis ojos, mi piel se ha vuelto reseca, mi pelo lo llevo sujetado con una pequeña liga, o suelto como siempre, pues no solía peinarme y ahora menos lo hago. De zapatos sólo uso los más cómodos, pues los tacones y vestidos de fiesta han quedado atrás.

Me veo al espejo y me doy cuenta que mis cejas no tienen forma, mucho menos mis pechos; los brasieres de encajes ya no me funcionan y las tangas se pierden entre mi estomago y mi cadera. Mi cuerpo ha sufrido muchos cambios y transformaciones, que no me hacen lucir tan bien, pero me han dado lo mejor de la vida.

Mi bolso ahora carga lo necesario para cuidar de él, antes llevaba conmigo cremas, perfumes, maquillaje, llaves y uno que otro accesorio que iban con mi personalidad, pero ahora sólo cargo lo justo para mi y lo indispensable para él.

Antes dedicaba más tiempo a estar en reuniones, de fiesta en fiesta con los amigos, o a andar de arriba abajo,  ahora ya no pienso en eso; hoy ando a las carreras, siempre de prisa e intentando hacer mil cosas a la vez, queriendo tiempo para mi, para el trabajo.

Nunca comprendí el sentido de la vida, hasta que lo conocí, aquel día que me vio a los ojos con su tierna mirada, -que obvio saco de mi. Fue ahí cuando todo tuvo sentido. Tiempo atrás, me arrepentía de muchas cosas, de mis errores, de mis faltas y tropiezos que había cometido, pero que me hicieron ser lo que soy.

Cuando supe de él, mi cabeza se volvió trizas, todo se volvió obscuro, no sabía qué hacer, pa´ dónde correr o qué pensar, pero siempre supe que desde ese momento todo cambiaria de rumbo, de dirección, vendrían nuevos retos y sobre todo una nueva vida.

Como todos los días y después de la rutina mañanera, me despido de él, lo encargo con mi madre, quien es la mejor; me dirijo al trabajo, con las fuerzas que los dos me dan y con las ganas de seguir siendo la misma de antes, de trabajar, de seguir aprendiendo y obviamente de ser un ejemplo para él, como lo ha sido mi madre para mi.

El consuelo que tengo es que después de un largo día de trabajo, tendré la mejor recompensa de estar a su lado, el volver a oler su aroma tal dulce, el poder amarlo, tenerlo y retornar  mi vida de madre y todo gracias a él. Hoy que esta a mi lado, sé que tengo a alguien por quién seguir, por quién luchar, porque sé que él será el único que me amará y estará conmigo hasta el final.

Ser madre cambia tu vida, tu cuerpo, tu espacio, tu tiempo y tu forma de pensar, pues ahora tienes a alguien por quién ver, a quién darle tu corazón y entregar tus fuerzas cada día para salir adelante, para enseñarle a vivir.

Como mujer, comprendo y admiro a todas aquellas que tienen el don de tener hijos y poseen el titulo de “Mamá”, pues no es nada fácil, pero tampoco es imposible; para ello no hay escuela, curso o taller que te diga cómo serlo, sino la vida misma, las marcas y cicatrices, son quienes las convierten en la dulzura de la vida.

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