Por Gabriel Escalante Fat*
“El día en que se anunció el fin de la guerra de Vietnam,
me sentí orgullosa por haber contribuido al final de ese conflicto”.
Claudia Sheinbaum,
doctora en física, científica y próxima presidenta de México.
Debe haber sido 1967, yo tendría unos seis años y estaba en la casa de los cuates Reyes, mis amigos más cercanos en esa época, que en realidad eran tres: Víctor, el mayor y los gemelos Jaime y Javier (sonará feo, pero al menor y cuarto de los hermanos, nunca lo conté). Casi todas las tardes, mis amigos y yo nos “juntábamos” –esa era la palabra que usábamos- a jugar, ya fuera en mi casa, en la de ellos, o en el “Parquecito” que no era más que una explanada de terracería y unos manchones de pasto. Solíamos pasarla sensacional, con pocos recursos materiales y muchísima imaginación, que nos permitía desde instalar un circo con un par de cuerdas y dos travesaños (los infaltables trapecios), organizar una guarida secreta en el sótano de mi casa o construir un avión con viejas tablas en el patio de la casa de ellos; sin faltar, desde luego, la actividad que menos llamaba mi atención: formar un conjunto musical como los Monkeys (decían ellos), o como los Beatles (clamaba yo tímidamente).

Pues bien, esa tarde en particular, veraniega, gruesos goterones empezaron a caer después de unos cuantos truenos, lo que nos obligó a buscar refugio en la casa de mis amigos, en la que también estaba de visita su abuelita Julia. Pocos minutos después, aquello era una tormenta declarada, con un cielo cubierto de nubes negras que sólo los intensos relámpagos iluminaban de cuando en cuando. Fue entonces cuando uno de mis amigos le preguntó a la abuelita: “¿No sería bueno que nos pusiéramos a cortar los rayos?”
Acto seguido, los cuatro niños presentes estábamos en el corredor de la casa, arrodillados, apenas a cubierto para no mojarnos, con sendos cuchillos en la mano, trazando la señal de la cruz, mientras que la madre y la abuela de mis amigos rezaban fervorosamente no sé qué tantas cosas.
La tormenta cesó, el cielo escampó y la señora Ofelia me dijo educadamente que sería bueno que volviera a mi casa, ya que seguramente mi madre estaría preocupada (ante la falta de teléfono en casa de los cuates Reyes, no habíamos podido comunicarnos).
Cuando entré a la casa, mi madre respiró aliviada al ver que estaba seco y a salvo. Pero yo estaba emocionado por los sucesos recientes y tenía prisa por contarle que habíamos cortado la tormenta, lo que hice con lujo de detalles.
-Hijo –me dijo con esa mezcla de severidad y cariño que sólo ella manejaba. –Tu papá es profesor de geografía, tus hermanos son universitarios y te hablan de ciencia. ¿Cómo me vienes a contar que crees en una superstición tan absurda?
Y continuó:
-Además, ¿No entiendes que ponerte casi a la intemperie con un cuchillo en la mano es peligroso? ¿No recuerdas que leímos cómo Franklin inventó el pararrayos? ¡Por favor!
Agaché la cabeza porque entendí el ridículo en el que me había dejado envolver y que, para colmo, me había hecho sentir orgulloso. Por prudencia –aconsejada por mi mamá- no volví a mencionar delante de mis amigos una sola palabra del hecho y la amistad continuó como si nada.
Bueno, eso sucedió hace más de 50 años, en un pueblo de la Sierra del Estado de México, en una era en que no existía la Internet y que la televisión y la radio no eran más que medios para llevar entretenimiento y mínima información.
Hoy día, a punto de terminar el primer cuarto del prodigioso siglo XXI, dos sucesos recientes nos hacen dudar de la veracidad de ellos, por absurdos y ridículos.

El pasado 24 de junio, lluvias torrenciales provocaron en Mérida severas inundaciones en diversas colonias, causando cuantiosos daños materiales. Los emeritenses consideraron que era muy pronto en el año para recibir esa cantidad de agua y empezaron a elaborar teorías.

El 29 de junio comenzó a formarse, frente a las costas de Guyana, el segundo huracán de la temporada –Alberto fue el primero, llevando copiosas tormentas a Tamaulipas y Nuevo León-, previendo su llegada a territorio mexicano en la madrugada del viernes 5 de julio, como en efecto ocurrió.
Quintana Roo, Yucatán y Campeche se pusieron en alerta y gracias a una magnífica labor de previsión y comunicación de los gobiernos estatales de aquellas entidades, no hubo vidas ni heridos que lamentar, y los daños físicos fueron –digamos- moderados. Hay que tomar en cuenta también que el gigantesco huracán categoría 5 que pasó al sur de Jamaica, se había degradado a categoría 2 poco antes de tocar tierra cerca de Tulum.
Sin embargo, es de destacar que yucatecos y quintanarroenses no se confiaron únicamente a las acciones de sus autoridades, sino que, basados en absurdas supersticiones, decidieron dos caminos alternativos:

Tanto en Playa del Carmen como en Mahahual, residentes de aquellos lares se reunieron frente a la playa el miércoles 3 de julio, para hacer un soplido colectivo y desviar la ruta del amenazante meteoro. Muchos dirán que, a la luz de los acontecimientos, los soplidos dieron resultados, ya que lograron degradar la fuerza del huracán y conseguir que éste entrara a tierra en una zona de baja densidad poblacional. ¡Sí, igual de efectivos que los cuchillos que mis amigos y yo blandíamos aquella lejana tarde de tormenta!
En Yucatán, la acción definitiva está por venir. En redes sociales se ha convocado a la población para reunirse en el puerto de Progreso, a derribar la estatua de Poseidón que desde mayo pasado se instaló dentro del mar, a unos metros de la playa. Aunque en principio pareció una broma, al momento se han registrado 35,000 personas para acudir al derribo.

La razón de este acto, argumentan quienes lo promueven, es porque la estatua del dios griego de los mares ha enfurecido a Chaac, dios maya de la lluvia, el rayo y el relámpago, quien se siente ofendido por la presencia de su colega ultramarino.
El soldador industrial Chapa Balam Díaz, quien construyó la estructura metálica que sostiene la imponente figura, hecha en fibra de vidrio a iniciativa del alcalde de Progreso, se ha deslindado de cualquier responsabilidad en cuanto a la idea, aduciendo que a él solamente lo contrataron para un trabajo de su especialidad.
Una vez que Beryl abandonó la península para dirigirse a las costas de Texas, y que la tranquilidad ha vuelto a Yucatán, el gobernador Mauricio Vila sugirió llevarle una ofrenda a la deidad griega, consistente en “bizcochitos” y “globitos”, dos tradicionales galletas yucatecas, ya que, a decir del ejecutivo estatal, Poseidón pudo haber influido para que el paso del huracán fuera con saldo blanco.

En este nivel de ignorancia y superstición estamos en México, donde un niño no puede reprobar la escuela primaria, donde el próximo secretario de Educación será un operador político, después del par de ineptas que han “conducido” la que debería ser la dependencia más importante del país, por los últimos tres años.
A la luz de estas noticias, ya no me parecería tan mala idea mandar afilar algún cuchillo y aprenderme algunos rezos, en previsión de la próxima tormenta que caiga cerca de donde me encuentre. ¡Capaz que funciona!
Guadalajara, Jalisco, julio 10, 2024.
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