Por: Ana Ximena Monroy Martínez*
Hay ciertas ocasiones en la vida que ofrecen una oportunidad única para observar la condición humana, ocasiones que no se presentan muy seguido pero que con una mirada atenta ofrecen una ventana hacia la esencia misma de la vida en la carne, la vida de mortal que plantea una experiencia agridulce en todos los sentidos pero que indudablemente estamos ahora llamados a experimentar y para la que por supuesto nadie vino preparado, ni uno solo con la partitura en el portafolio o la acotación ya tatuada en la memoria.
Esta vida es, pues, la gran improvisación, y hay ocasiones en que todo es bello y todo conmueve, los ánimos están dispuestos y lo mejor que se puede hacer es observar a sus actores.
Podemos situarnos entonces en un salón de fiestas, ricamente adornado, un salón preciosamente dispuesto para recibir a los invitados que llegan a la hora acordada, en sus miradas hay paisajes y cierto dejo de nostalgia que se dibuja solo al pasar de los años.

Se puede apreciar ya desde la primera ojeada que todos son amigos, AMIGOS con mayúsculas porque se dan la mano y se abrazan como queriendo decir “vengo en paz y mi deseo es que mi paz sea contigo”. Ya se deduce también que tienen algo en común, que se miran a los ojos y comienzan a recordar pasados ocultos entre las arenas del tiempo, afloran las vivencias como caracolas apostadas en una playa cristalina y entonces sonríen, vaya que tienen motivos para sonreír pues la vida ya es demasiado difícil por sí misma como para dejarla transcurrir sin grandes amigos que inclinen la balanza más a la dulzura que a la amargura.
Oyendo su plática amena y cargada de emoción ante el reencuentro, se infiere que todos ellos se dedicaron a lo mismo en su juventud, que aquellos días han quedado muy atrás pero que imprimieron una huella profunda e imborrable en su ser, que hubo algo así como grandes vehículos y paisajes, hubo calor en ocasiones o un frío insoportable que calaba hasta los huesos, parece que hubo hambre y miedo pero sobre todo recuerdan la responsabilidad que llevaban omnipresente y a cuestas. Hubo también riesgos y por oleadas, hubo caminos y carreteras y siempre muchos kilómetros por delante y el único puerto seguro al que era posible llegar era la amistad.
Ahora es evidente que las cosas han cambiado, ya no son los mismos, el cabello se ha teñido de blanco y los surcos marcan la presencia que da de la sabiduría. Se podría jurar que si sopla un viento entre todos ellos, ese es el de la sabiduría.
Alguna vez fueron pronunciadas estas palabras: “el Reino de los Cielos está cerca” y contemplando esta armonía, esta marea de rostros venidos de distintas partes, de rincones distantes, no es desatinado pensar que hay ahí un buen pedazo de ese Reino, cercano y palpable.
Se escucha una música alegre de fondo mientras en las cocinas la logística apremia y exige atención entre una nube de urgencia e incertidumbre. Hay mucha gente ahí, que son llamados anfitriones y que solo saben una cosa esa tarde y es dar, ofrecer de corazón y decir “hoy no te preocupes por nada”. En todos ellos se percibe el gozo que solo puede otorgar el servicio al prójimo, todos tienen sus profesiones pero no importa porque esta vez solo merece la pena esgrimir como una espada la voluntad de servir a los invitados, solo importa la sonrisa esbozada con hospitalidad y musitar un sincero “bienvenido seas”.

Esta particular tarde en el salón de fiestas de la vida puede ser definida con una única palabra: abundancia. Todo abunda y todo tiene cabida; alimentos, bebidas, voces, música, sabiduría, espiritualidad, recuerdos, personas, nostalgia. Es como un circo en miniatura en el que cada quien interpreta lo mejor que puede su papel en este entramado agridulce.
También hay personas que esta tarde no están, ni estarán la siguiente tarde, ni la siguiente, ni ninguna tarde. El único rastro que se tiene de ellas es la certeza de que su rostro era algo parecido al amanecer y que su abrazo era cálido como los rayitos del sol a medio día y por supuesto en verano. De esas personas solo queda la imagen de sus miradas en la memoria, la palabra amable que dijeron en un momento de dificultad, una broma que aligeró la pesada carga de la jornada y un sonoro “él fue mi papá” o “él fue mi gran amigo”.
¿Cuántas reuniones más habrá en el salón de fiestas de la vida? Nadie lo sabe pero si no fuera por ellas, éste mundo habría visto llegar su ocaso desde hace mucho tiempo.

Por ahora basta con afanarse en adquirir la sabiduría que viene implícita en nuestra propia reconciliación con la idea de que todos vamos a morir, y resta vivir en el seno benéfico de esa sabiduría pues la única gran verdad es que nadie hay eterno.
Esta es una crónica de una reunión de íntimos amigos, pero al mismo tiempo es una metáfora que encaja perfectamente en la descripción de los momentos más bellos de esta sinfonía agridulce llamada VIDA.
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