Por Ana Garduño Ortega

El político tamaulipeco Marte R. Gómez, que se desempeñó como secretario de Agricultura durante el sexenio del general Manuel Ávila Camacho (1940-1946), fue acusado de ser responsable de la fiebre aftosa que asoló el campo mexicano hace casi setenta años. El grave episodio que ocasionó la sustitución de los bovinos (buey y toro raza cebú) por el caballo y la mula para arar la tierra, se generó en 1947 por la noticia de que una enfermedad contagiosa estaba atacando al ganado ubicado en territorio nacional y que se atribuyó a un grupo de toros cebús importados de Brasil bajo su administración. La debacle de la ganadería mexicana no tiene precedente en nuestro país y generó una violencia tal que en el municipio de Temascalcingo culminó con el linchamiento de un veterinario norteamericano y la muerte de varios indígenas de la comunidad de San Pedro el Alto. 

 
Se trató de estrategias fallidas de análisis de la plaga combinadas con erróneas maniobras que favorecieron los intereses comerciales norteamericanos. Así, se produjo un conflicto internacional de México con Brasil y Estados Unidos; este último procedió al rápido cierre de su frontera del sur para impedir las importaciones de ganado en pie. El gobierno mexicano decidió aplicar una medida impopular y polémica, el rifle sanitario, que consistía en eliminar el ganado como radical medida preventiva. Tuvo que suspenderlo a casi un año de implementarlo por las sublevaciones que se empezaron a suceder de campesinos y ganaderos inconformes y optó por la vacunación preventiva, práctica que se mantuvo hasta que en 1954 se anunció que el territorio nacional se encontraba libre de contagio.


En cuanto al político acusado, fue inútil la angustiosa campaña que instrumentó para demostrar su inocencia y que incluyó desde mantener un impaciente perfil bajo en los primeros meses de la crisis y esperar, con disciplina partidista, un mejor momento para reivindicarse sin caer en polémicas públicas con los cabecillas del nuevo sexenio, hasta la edición de un libro de su autoría costeado por él mismo donde presentaba sus argumentos: La verdad sobre los cebús. Su defensa radicó en documentar, con base en su archivo de gestión, que él se opuso a la importación de esos animales y que tuvo que ceder por la presión de los ganaderos, mexicanos y brasileños, que estaban convencidos de su pertinencia, acusándolo de no aprobar la transacción. 


Para los actores políticos de la época, no hubo ninguna duda de que se trató del conocido procedimiento de escoger a un “chivo expiatorio” para enjuiciar al sexenio recién concluido o a un grupo político determinado. Es una práctica política que se realiza en apariencia de manera aleatoria y que elige a un personaje destacado que encarna al gobierno anterior y que, al ser juzgado, castigado o solamente cuestionado, simbólicamente paga las culpas de sus correligionarios. Gómez escribió: “Conozco las reglas del juego y encuentro natural que contra los exfuncionarios se lancen todavía algunos de los dardos con que ya no hubo tiempo de hacer blanco en ellos mientras eran funcionarios”.1 A pesar de su aparente tranquilidad, no se resignó. Y aunque recibió mensajes de que se disciplinara y no publicara el libro, Gómez luchó para defender su prestigio. De hecho, hasta su muerte no perdió oportunidad de tratar de reivindicarse.2 


Hoy sabemos que, efectivamente, no fue el responsable directo: “Según los informes de la Oficina Internacional de Epizootias los cebús brasileños no pudieron ser la fuente de la enfermedad. Se cree que el origen pudo ser alguno de los toros de lidia importados de España a principios de 1946 […] o bien, alguna mutación del virus de la estomatitis vesicular que ya existía en México o, finalmente, alguna introducción de ganado hecha en forma clandestina por vía Venezuela”.3


Uno de los posibles objetivos detrás de los ataques se cumplió: la carrera política de Gómez terminó con un anticlimático y decepcionante final. Es decir, no logró mantener intachable su “sello” político de preocupado benefactor del campo y la agricultura mexicana. Y es que Gómez Segura, en su condición de ex militante revolucionario y de destacado miembro del grupo de poder que comandara Emilio Portes Gil, había desempeñado importantes puestos políticos en diversos gabinetes presidenciales y ocupado cargos validados por las urnas, incluyendo el de gobernador de su estado. 


Más aún, por haber realizado estudios de agronomía, había intervenido en dos de los emblemáticos ejercicios de reparto agrario: el de Zapata en el estado de Morelos (1915) y el de Salvador Alvarado en Yucatán (1915-1916). La cuidadosa construcción de su trayectoria fue destruida por el escándalo político que generó la fiebre aftosa. No obstante, para los campesinos de buena parte del país el costo fue mucho mayor que una carrera pública arruinada. No sólo Michoacán y Morelos se sublevaron. Cuando se suspendió el rifle sanitario, los 16 estados del centro del país, región donde la matanza de animales había sido especialmente encarnizada, estaban a punto de iniciar una revuelta. Y Temascalcingo –como en otros momentos de su historia– no fue ajeno a la resistencia armada.

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1 Gómez, La verdad sobre los cebús. Conjeturas sobre la aftosa, México, 1948, p. 20.


2 Véase Vida política contemporánea: Cartas de Marte R. Gómez, Vol. II, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 746, 753-754.


3 Juan Manuel Cervantes Sánchez, “La fiebre aftosa y el desarrollo moderno de la medicina veterinaria mexicana 1946-1955”, Montalbán, número 36, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, junio de 2003, p. 256.

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