Por Arturo Allende González*

Después de un largo y tedioso periodo de efervescencia político-electoral, que comprendió el inicio adelantado de la sucesión presidencial, el proceso interno de los partidos políticos para la selección de sus candidatos a puestos de elección popular, la integración de las coaliciones, en su caso, la precampaña y la campaña, ha llegado la hora de la elección más grande en la historia de nuestro país.

Al momento en que se publique el presente artículo, estaremos a unas horas de la justa electoral de 2024; comicios en que los mexicanos habremos de elegir democráticamente al nuevo presidente de la República, a diputados y senadores del Congreso Federal, a integrantes de 31 Legislaturas Locales -con excepción de la del Estado de Coahuila-, nueve gobernadores, incluida la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y a miles de cargos municipales.

Habrá llegado la hora de la verdad, en la que el voto ciudadano en favor de tal o cual coalición o partido político, o tal vez el sufragio se inclinará en favor de la candidata y/o candidato, más que en la organización política que los postula, por aquello de la antipatía de la ciudadanía hacia las organizaciones políticas.

El cierre de la jornada electoral del 2 de junio será la hora en la que, -quede plasmada en las boletas electorales- la voluntad de las y los mexicanos en torno a la elección de sus gobernantes federales, estatales y municipales, para que los gobiernen los próximos seis y tres años, respectivamente.

Será la hora en la que partidos políticos, coaliciones, candidatos, coordinadores de campaña, estrategas y asesores, conozcan sin especulación, autoengaños y complacencias, los resultados preliminares de las campañas electorales, más allá del monitoreo de las encuestas, de simulacros y de estudios encargados a despachos y encuestadoras, algunas serias y respetables y otras de dudosa credibilidad.

Los resultados de la jornada electoral, determinarán sin objeción, el efecto que en conjunto tendrán en el sentir ciudadano -para determinar la inclinación de su voto en favor de determinado candidato y/o candidata-, entre otros, los siguientes factores.

  • La imagen social de los partidos, el perfil y trayectoria pública de las y los candidatos; las propuestas electorales y la efectividad de las campañas proselitistas.
  • La empatía lograda por las y los candidatos con la ciudadanía, habida de que sus demandas se atiendan y sus necesidades sean satisfactoriamente resueltas.
  • La imagen de los dirigentes partidistas entre sus agremiados, ex agremiados, ex simpatizantes y ciudadanía en general.
  • El pulso de la población sobre el estatus que registra nuestro país en materia económica, política y social. Particularmente en materia de empleo, ingreso, poder adquisitivo, pobreza, desigualdad, violencia e inseguridad.
  • La efectividad de la propaganda electoral en bardas, postes, espectaculares, mamparas, transporte concesionado, medios televisivos y radiofónicos, redes sociales, prensa escrita, volantes, etcétera.
  • La popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador (60 por ciento, puntos más o puntos menos según la encuesta consultada). Popularidad que podría generar un efecto positivo en favor de los candidatos de la coalición Sigamos haciendo historia.
  • Los programas sociales gubernamentales y los apoyos directos otorgados a los grupos vulnerables de la sociedad mexicana: niños, jóvenes, mujeres, adultos mayores, indígenas y personas con discapacidad.
  • La percepción ciudadana sobre el desempeño de los gobernadores, senadores, diputados -federales y locales, alcaldes y/o presidentes municipales.
  • Los debates entre los contendientes a los diversos puestos de elección popular, así como los post debates en los diferentes medios y espacios de análisis y discusión.
  • La novedad, penetración social y viabilidad de las propuestas y ofertas presentadas a la ciudadanía por candidatas y candidatos.
  • El manejo de la simulación del voto -como estrategia de campaña- para generar en el electorado una percepción a su favor.
  • La empatía o ausencia de ésta, entre las y los candidatos con los sectores amplios de la población, sobre todo con el porcentaje de electores indecisos.
  • La guerra sucia desarrollada por dirigentes partidistas, estrategas, voceros y candidatos, incluidas las descalificaciones, mentiras, calumnias, manejo de bots y fake news.
  • El papel de los medios de comunicación masiva, asumiendo en su quehacer informativo posicionamientos en pro y/o en contra de coaliciones, partidos y candidatos.
  • Las plumas y voces de analistas políticos en favor y/o en contra de las candidaturas contendientes.
  • La influencia de las y los youtuber(s) en favor de ciertos candidatos.
  • La concentración “en defensa de la democracia”, celebrada el pasado 19 de mayo en el Zócalo de la Ciudad de México y en diversas plazas del país, a través de la cual la oposición y organizaciones de la sociedad civil, encabezadas por la organización Unidos Para Mejorar, también conocida como “Marea Rosa”, promovieron el voto en favor de la oposición.  
  • El manifiesto firmado -ocho días hábiles previos a la jornada electoral- por más de 200 integrantes de la comunidad cultural de nuestro país, llamando a votar por Xóchitl Gálvez en la elección presidencial.
  • La narrativa electorera cargada de ocurrencias, improvisaciones y lenguaje callejero, utilizada por algunas candidatas y candidatos para conectar con ciertos sectores de la ciudadanía.
  • Las expresiones desafortunadas, frívolas y demagogas pronunciadas por candidatas y candidatos al calor de la contienda electoral.
  • Por último, pero no menos importante, el encono social, la polarización generada -de manera absurda e irresponsable- a lo largo del sexenio que termina y exacerbada durante el proceso electoral 2023-2024, por diferentes personajes públicos y privados, incluidos gobernantes, dirigentes partidistas, empresarios, organizaciones sociales, medios de comunicación, comentaristas, estrategas publicitarios, candidatos y ciudadanos de a pie.

En vísperas de la justa electoral del 2 de junio de 2024, los mexicanos interesados en el futuro de nuestro país, de nuestros estados y de nuestros municipios, -e implícitamente en el bienestar de nuestras comunidades, de nuestras familias y de nosotros mismos-, nos encontramos con gran expectativa de que la moneda descienda del aire y ya en el piso, ponga a la vista de la población los resultados generados por el desarrollo de una jornada democrática, realizada sin contratiempos mayores, de la que emanen con toda legitimidad, los gobernantes electos por la voluntad popular.

Preparémonos para cumplir con el deber cívico de emitir nuestro voto de manera libre y secreta, en favor de las y los candidatos que consideremos como los más idóneos –o los menos malos– para los puestos públicos en disputa, a partir de considerar que en ellos estará la responsabilidad de conducir el rumbo que siga nuestra nación, nuestros estados (en su caso) y nuestros municipios.

Por el bien de México y de los mexicanos, que impere la civilidad política y gane la democracia.

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