Por: Ana Ximena Monroy Martínez*
En este mundo de mares profundos ¿quién puede presumir de navegar sin guía?
En este mundo de tempestades furibundas ¿quién nos muestra el camino más seguro sino tú, maestro?
En medio de esta espesa arboleda, oscura, temible, insondable, ¿quién alumbra con un fuego sabio y benéfico si no tomas tú la iniciativa, maestro?
Y es que desde la noche de los tiempos han existido las antorchas humanas, algunas más brillantes, otras más ralas y aparentemente a punto de extinguirse, algunas inquietas y otras calmadas, en silenciosa combustión.
Pues he aquí que todos somos antorchas humanas porque no hay sobre la faz de esta dantesca Tierra nuestra, persona que no pueda ser llamada “maestro”, “maestra” pues en su delicado existir no hay tal que no haya aprendido de las vicisitudes de la vida y del cual otros no puedan adquirir pequeños diamantes de sabiduría.
La humanidad ha caminado, tambaleante, a base de pequeños e inseguros pasos pero ha habido en ella más allá de las antorchas de la cotidianeidad, GRANDES MAESTROS, aquellas personas que lo cambian todo con esa inconfundible mirada cristalina y azul o con la palabra suave como la seda, entretejida de sabiduría.
Hace más milenios de los que podemos contar, hubo un hombre rodeado de arenas de desierto y un calor sofocante, un hombre que nació con un signo divino e invisible en su frente, creció privilegiado entre los lujos de los palacios egipcios y un día apto para los grandes descubrimientos, éste hombre descubrió su origen. Su historia hecha con las fibras ya añejas de la leyenda se recoge en la Biblia y su nombre era Moisés. Descifró los designios divinos y partió para su pueblo el pan, devolviole la libertad por tantos años añorada y enseñó. Moisés se convirtió así en un maestro que enseñó con paciencia, la mirada cargada de presagios fija en el horizonte, pero lo que más amaba era guiar. He aquí la verdadera y única función de un maestro: guiar.
Las nieves de la ignorancia pueden venir prestas a helar nuestras mentes y corazones pero ¿quién es la manta que nos da cobijo? ¿quién enciende la chimenea para nosotros, cuando fuera los nubarrones se ciernen sobre nuestro ser sino tú, maestro?
Los inviernos pasan de largo pero tus palabras nunca, maestro.
Y hubo también un hombre que se desarrolló en las entrañas de una civilización luminosa, que se afanó en buscar la verdad y de tanto afanarse su frente se encontraba marchita pues imposible es salir ileso del rudo ejercicio de pensar. Su nombre: Aristóteles. Siempre envuelto en un abrigo de conocimientos, dispuesto a cobijar con él a quien se lo pidiese y de nuevo aquella mirada perdida en el azul de los cielos de Grecia, el corazón embotado de melancolía y soledad pues no hay hombre sabio que se encuentre a sí mismo entre los demás. Este hombre también amaba enseñar y estaba secretamente convencido de que la educación es la única llave que puede ser insertada en la cerradura de la puerta de la libertad.
En este mundo aparentemente perdido en medio de los encajes del vestido estrellado del universo, solo tú, maestro, consigues que no me sienta demasiado pequeño y perdido.
Esta es una oda a ti maestro, que siendo maestro y descubriendo los misterios de tu propia existencia a la par que yo, no puedes ni debes jamás evitar aprender de mí, que soy alumno.
Hay historias fascinantes que a su debido tiempo decidirás si creer o no, pero reales como tú y como yo, como las montañas cubiertas con sábanas blancas y como tu hogar. Una de ellas es la de un joven que nació en Belén bajo circunstancias misteriosas, creció y se convirtió en maestro de multitudes, pronunció palabras sabias, pero aun hoy incomprensibles. Milenios pasaron desde entonces, la tecnología despuntó y por momentos parece que nos deja atrás incluso a nosotros mismos que somos sus creadores pero todavía nada nos ha preparado para entender aquellas palabras en toda su complejidad y profundidad.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida. El que viene a mí, aunque muera, vivirá”, eso fue un poco de lo que dijo. Se dice que todos lo llamaban “maestro” y que nunca a nadie le quedó mejor esa palabra y que no lo hubo más grande. Su historia, la historia de su pasión, muerte y resurrección constituyó la base de una de las religiones con más adeptos del mundo.
Es propio del hombre sentirse atribulado, ser en ocasiones una copa vacía, pero solo un maestro digno de llamarse tal puede llenarla con el dulce vino del conocimiento.
¿Quién me encuentra cuando el camino parece confuso, cuando la espesa niebla matinal interrumpe mi visión sino tú maestro?
Los hay grandes, que con su sola existencia cambian el rumbo de la humanidad, que desvían el curso de la historia y de los ríos, maestros famosos como Buda, Mahoma, Confucio y tantos otros cuyos nombres seguramente reconocerás pero los hay pequeños también, recién nacidos que enseñan el significado de ser padre o madre, que transforman el mundo en silencio y en llanto nocturno, los hay a montones y de todas las edades, en las escuelas, en las calles, en cada rincón de la Tierra pues todos estamos llamados a ser maestros alguna vez en la vida.
Pero en especial a ti que te dedicas al noble ejercicio de la enseñanza, que la has convertido en tu profesión, déjame decirte que esta sociedad no está capacitada todavía para entender tu importancia, y déjame añadir que nunca te desanimes ni doblegues ante la burocracia, tú, espíritu liberador de consciencias.
Esta es una oda a ti MAESTRO, MAESTRA.
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